Vai lavar a cara, galopín

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Anuncio extraído de la revista “A.C.G. : revista mensual ilustrada del Auto-Aero Club de Galicia” (Años 30)

El aseo personal es otra de esas cosas que han cambiado radicalmente a lo largo de la vida de nuestros mayores de Galicia. Los hábitos de higiene, a falta de un espacio adecuado, eran más bien escasos. Era difícil ducharse a diario cuando en muchos casos no existía ni agua corriente en las casas. Mucho menos calentador de agua caliente. Hasta mediados de siglo las casas se construían sin cuarto de baño. Quien quisiera lavarse lo hacía “por parroquias”, es decir, hoy se lavaba en esta zona, mañana en aquella otra, con una palangana de agua calentada al fuego. Si el tiempo acompañaba estaba el río, pero lógicamente, ni el tiempo acompañaba ni todos tenían un río donde poder asearse.

Recuerdo que mi abuela siempre decía que no lavaran a su nieta demasiado, que el agua era mala para la piel. Y su razón tendría pues hoy en día, los pediatras tampoco recomiendan bañar a diario a los bebés.

En las casas de familias numerosas (la gran mayoría) el día del baño solía ser semanal. Y cuando eso ocurría, el mismo agua donde se bañaban los más pequeños servían para los más mayores. Al final pasaban por el mismo líquido todos los niños de la familia. Sin duda, un gran ejemplo de sostenibilidad de los recursos hídricos.

Yo recuerdo casas que se bañaban los mayores, se bañaban los pequeños y después con esa agua se limpiaba la casa. Como había que ir a buscar el agua a la fuente se aprovechaba hasta la última gota. ||NIEVES FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ (1936, Monforte)

En muchas casas, a falta de cuarto de baño, existían unas trampillas que conectaban con la cuadra, que solía estar en el piso de abajo. De esta forma, podías deshacerte del contenido del orinal sin problemas y contribuir así a las reservas del abono que serviría para fertilizar las tierras pertenecientes a la casa. Otro ejemplo más de sostenibilidad, en este caso, de residuos orgánicos.

Unha vez eu estaba facendo de ventre polo burato que había encima da cuadra e lle caeu á vaca na cabeza. E non souberon nada ata que o irmán foi á corte e veu á vaca. Despois tiráronlle á cabeza un caldeiro de auga.|| DOLORES LÓPEZ LÓPEZ (1945, Ourense)

En el centro de Viveiro, hablando de los cuartos de baño, se generó esta conversación. Es de destacar la anécdota del invitado que se cayó por el agujero que conectaba con la cuadra.

 

Que no se contara con baño en la mayoría de las casas no significa que el invento no existiera ya. Por supuesto que había hoteles con baño, casas con baño y balnearios con baño (como el de la foto), pero durante la primera mitad del siglo XX el baño fue un lujo del que no pudo gozar cualquiera. Un capricho al alcance de una minoría.

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Foto: O Grove. Balneario de la Toja (Pontevedra) Phototypie J.Bienaimé [1901-1950?]

 

 

La Navidad de entonces

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“Aguinaldo en Asturias”. Grabado de J. Cuevas (1884-1930).

Una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura y que pasa menos desapercibida por nuestro vivir cotidiano son sin duda las Navidades. Esta celebración que se extiende desde la llegada del invierno hasta la recepción de un nuevo año (con visita incluida de tres foráneos engalanados con túnicas) trastoca de forma irremediable nuestra rutina. Hay quien la rechaza sin tapujos, quien la celebra de forma ñoña, quien la recibe de mal humor mientras dura o quien se tira sin remordimientos (o con ellos) en la telaraña que la sociedad de consumo le tiende maliciosamente. A veces cada uno de nosotros elegimos una forma u otra de transitar por estas fechas, pues si algo nos deja claro esta vida es que cuanto más nos empeñamos en teñir de blanco o de negro, lo que finalmente predomina es el gris. En cualquier caso, se acercan baches, y toca poner un poco de atención para sortearlos (sin dejar de disfrutar de la mejor forma que queramos).

Cuando llegas a una edad avanzada, además de hacerte mayor, eres un testigo presencial de los cambios que se han producido en tu cultura. De hecho, una cultura que no haya cambiado en 80 años se podría decir que está enferma o prácticamente muerta. Pero no siempre los cambios son bien vistos. En realidad, el ser humano, por norma general, se aferra a la rutina, intenta conservar su zona de confort y no adentrarse en zona desconocida. Se empeña en mantenerse rodeado de todo aquello que le de seguridad y coherencia de pensamiento. En este empeño conservador tiene mucho que ver nuestro cerebro, una máquina maravillosa pero llena de imperfecciones que tiene entre sus máximas ahorrar toda la energía posible para mantener su autonomía.

Resumiendo, cuando nos hacemos mayores predomina (no digo que sea así en todo los individuos) aquel pensamiento de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En esto la memoria juega también malas pasadas (otra vez el cerebro imperfecto) al recordar el pasado no como sucedió sino obviando principalmente los eventos negativos y conservando los positivos.  Además, es lógico que recordemos nuestra etapa de juventud y adolescencia como una etapa excitante y llena de emociones agradables, pues en la mayoría de los casos esta etapa fue precisamente eso.

Si a todo esto le añadimos que, con la llegada del Estado del bienestar, ciertos valores se quedaron por el camino para ver aflorar otros, no es de extrañar que haya una opinión predominante entre los mayores considerando que la Navidad no es lo que era y que el cambio no les ha traído más cosa que tristeza. Esta conversación del Centro de Viveiro trata sobre esto:

 

“Agora non hai nada. Todos salen co seu coche… É moi triste. Agora vivese mellor, todo o mundo vive ben pero non hai aquel espiritu da Navidad. Nin amor, nin ese compañerismo, nin ese aprecio, esa cousa que había. Antes ibamos a misa e xuntabámonos ao mellor sete ou oito no camin. E mira, ibamos falando. As chicas jovenes iban falando coa xente maior. E hoxe non. A xente nova vai sola e os maiores detrás. Levaban unha conversación co maior como se fosemos todos iguales. E agora non.”

Cuando preguntas a un mayor cómo eran antes sus Navidades, una de las cosas que predomina y que, según ellos ha ido perdiéndose, es el uso de la música durante todo el tiempo que duraban las fiestas. Primero en Nochebuena y Navidad, con villancicos y “panxoliñas” (de estas se sabe que en el s.XV ya se cantaban), y después se continuaba con cantos de Aninovo, los cantos a los Manueles y los cantos a los Reises.

Así pues la música, a falta de otros entretenimientos más tecnológicos, era la protagonista y venía a quedarse durante toda la celebración. Estas canciones se cantaban en las reuniones familiares improvisando con cualquier objeto como instrumento, pero también se iba por las casas, sobretodo mozos y mozas, pidiendo el aguinaldo: una recompensa por la actuación que podía recibirse en forma de alimentos o dinero. Cuando acababan de tocar, se hacía la repartición de lo ganado o se hacía una fiesta sólo para los más jóvenes. En la imagen de esta entrada, que forma parte de la fabulosa colección de grabados del dibujante asturiano José Cuevas, se recrea el momento en el que los niños reciben unos chorizos tras haber cantado el aguinaldo. Dicen que si la persona no colaboraba, existían composiciones que les criticaban con la intención de que todo el vecindario lo supiera:

“Cantámosche os  Reises

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Cantámosche os Reises

Non nos deches nada.

Esta casa é de palla,

esta casa non val nada…”

Enciclopedia La Voz de Galicia. Do Entroido ao Nadal.

El bache de la Navidad al que apelaba al principio, también se caracteriza por un exceso gastronómico. En estas fechas comemos y no paramos de comer. En la actualidad, es típico ganar algún kilo de más de forma que a partir de enero uno de los propósitos más frecuentes es apuntarse al gimnasio. ¿Pero antes se comía así? ¿Y se comía lo mismo? Pues cuando preguntas te das cuenta de que las cosas no son siempre como esperabas. Por ejemplo, el marisco no comenzó a llenar las mesas navideñas hasta entrados los años cincuenta. Algún alumno de MEMOGA me comentó que antes de esa fecha, un manjar tan preciado como es el percebe, se utilizaba para abonar los huertos. Tampoco se solía comer carne en Nochebuena y el plato más extendido solía ser era el bacalao con repollo o coliflor.

Según Xosé Ramón Mariño Ferro, en su libro “Antropoloxía de Galicia” estos eran algunos de los platos de aquella época:

Os pratos típicos da cea de Noiteboa non conteñen carne porque antano nas vésperas das festas gardaban abstinencia. En terras de Miranda o menu inclúe coliflor con bacallao, torradas de pan molladas en leite, fritas en manteiga e adozadas con azucre, e compota de pera con viño tinto. En Velle cean repolo con bacallao; en Verín, polbo, bacallao con grelos ou verzas e sopa de améndoas, a base de améndoas moídas fervidas en leite augado ó que lle agregan cachiños de pan frito en mantenga de vaca.

Os doces máis comúns son as papas de arroz, as sopas borrachas, as torradas, as compotas, os froitos secos, as castañas cocidas ou asadas.

O de Noiteboa é un banquete familiar. Celebrando a constitución da Sagrada Família, reúnense e comen xuntos os pais, os fillos e fillas solteiros que viven fora e as fillas casadas acompañadas do marido e dos nenos. Tamén se teñen em conta os ausentes, e deixanselles um sitio na mesa co seu correspondente prato.

En Castro Caldelas e outros lugares non recollen a mesa ata o día seguinte por se as animas veñen comer. Ás veces póñenlle-la comida na lareira para que non pasen frío.”

En el siguiente corte podéis escuchar lo que opinan los alumnos del Centro de Pontevedra sobre la Navidad, qué hacían y qué comían en esas fiestas cuando eran jóvenes.

 

Carmen (Meis, 1933) : “Íbamos a cantar por las puertas y luego pues te daban algo. Te daban Mucha nuez porque como se cogían en el campo, no la compraban tu te comías las nueces y te daban higos, higos pasos. En todas te daban algo pero también te daban un dinerillo y nosotros después, como íbamos con la pandilla pues íbamos a la repartición.”

Vidalina (Sanxenxo, 1940): “Lo que me gustaba a mí mucho en aquel tiempo es lo que hacíamos en nuestra parroquia en la Iglesia. Hacíamos un nacimiento. Uno se vestía de San José. Había unos profesores allí, los señores de Mendez y eran los que lo organizaban. Hacían como cuando nació Jesús, hacían los villancicos y luego iba todo el mundo allí. También recuerdo en mi casa, era una casa muy pobre, mi madre había quedado viuda con cinco hijos, no hay nada que decir en aquellos tiempos difíciles pero recuerdo un entrañamiento, un amor y una cosa que ahora no la veo, no existe. En la pobreza teníamos una pobreza pero bueno, lo dijimos aquí un día, el bollo en la lareda y unas manzanitas asadas, y unos pescaditos guisados que hacía mi madre muy bien con unas patatitas y era una cena de maravilla. Pero no se, aquello sabía a gloria.”

José (Vilasantar, 1948): “Yo hablar de marisco ni oí hablar hasta que tuve 20 años. En mi casa, una casa de aldea, de interior, de familia numerosa, eramos ocho hermanos de los que seis estábamos en casa más los dos padres. La cena de nochebuena era coliflor con bacalao y luego algo de turrón. Normalmente nos gustaba el duro que yo no sé que coño debía ser porque había que partirlo con martillo. El turrón duro es lo único que había. Por Reyes se formaban por allí por la parroquia unos grupos de gaitas y gente que le daba muy bien a cantar. Entonces iban a cantar por las casas y al mismo tiempo pedían un poco de aguinaldo. Y tengo el recuerdo de una vez en mi casa que estábamos de matanza y mi padre estaba con una camisa casi negra y como él no quería soltarles nada les dijo: ¡Non, aquí non cantedes que estamos de loito!”

Ahora que se acercan estas fechas y la gente se reúne con la familia no dejéis pasar la oportunidad de preguntar a vuestros mayores por todo esto. Os podrán decir cosas muy interesantes, como estas que nos cuenta Concha de Luneda y que confirman lo que hemos leído y escuchado en este post. Las imágenes están extraídas del programa “Alalá” de la TVG que se emitió en diciembre del año 2006.

¡Feliz Navidad a tod@s!

Mal de ojo

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Foto: Carlos Valcárcel, 1979.

En la Galicia rural del siglo pasado, los animales fueron el pilar de la economía del hogar. Una casa con más vacas era una hacienda próspera porque podía criar más terneros y así ganar más dinero vendiéndolos en las ferias. Pero no sólo se conseguía rendimiento vendiendo. Las vacas, por ejemplo, servían para tirar de carros y arados y así resolver con éxito las tareas agrícolas cuando aún no había llegado la moderna maquinaria. A su vez, los excrementos de las mismas, mezclados con la paja que se esparcía en sus cuadras, servía de abono para sembrar los campos y así poder tener patatas, cereal y hortalizas para alimentar la familia. Esa alimentación se complementaba con la matanza del cerdo, si se lograba que este llegara sano y bien criado a su San Martín. Conejos, pollos, corderos y, por supuesto pescado si en casa se dedicaban al mar, eran los otros invitados a la mesa.

Viendo lo importante que eran las reses para la casa, no es de extrañar que tuvieran especial cuidado en mantenerlas fuera de peligro. La economía les iba en ello. Por lo tanto, era preciso protegerlas de las inclemencias del tiempo pero también de aquellos hechos inexplicables que les hacían enfermar y que, más tarde o más temprano, eran atribuidos a la envidia o al mal de ojo.

El mal de ojo explicó en Galicia todas las enfermedades que, a falta de veterinarios y médicos, eran difíciles de diagnosticar. Consistía básicamente en provocar el mal a través de la mirada y lo podían provocar tanto personas que no dominaban tal poder pero que lo tenían (como quien circula con un trailer sin haberse sacado el carnet de conducir), como personas envidiosas que te miraban así para arruinarte la vida o también “bruxas” o “meigas” que, con toda la intención, te lo transmitían.

Es muy popular el dicho: “Haberlas haylas”, en relación a estas profesionales de lo mágico-espiritual. A lo largo de mis talleres en MEMOGA he encontrado en muchas ocasiones a gallegos y gallegas muy escépticos, que dicen no creer en estas cosas, pero a continuación decir que algo hay. No en vano a Galicia se la conoce como “Terra de meigas”.

Podríamos decir que hay dos modalidades de las mismas aunque no está muy clara la atribución de sus funciones. En términos generales, las “meigas” serían las capacitadas para conjurar el mal y atraerlo sobre alguien causando una enfermedad. Las “bruxas”, con un conocimiento similar a las “meigas” serían las que curarían el mal y lo mantendría alejado de la comunidad. Pero en realidad, no todo el mundo está de acuerdo con esta clasificación.

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“La Figa” Fuente: magiamania.com

No es de extrañar que estas señoras fueran temidas y respetadas por igual. En este sentido reciben un trato contradictorio por parte de la gente ya que son denostadas y rechazadas por la sociedad pero a su vez la gente acude a ellas para buscar la solución a sus males de ojo.

No obstante, antes de tener que acudir a una “bruxa” para que enmiende el mal, el gallego se cuida muy bien de mantenerlo alejado mediante objetos protectores. Herraduras, cruces de Caravaca, rescritos, figas, agua bendita, castañas indias, cabezas de ajo… Lo que sea para proteger a uno mismo, a los animales de la casa, a las cosechas o, incluso, a los aperos y herramientas de labranza.

De estas cosas andábamos hablando en el siguiente corte de audio cuando Felipe, del centro de Betanzos, nos explicó lo que le había sucedido con unos cerdos que compró a la vez que otro vecino:

Felipe (Oza de los Ríos, 1937): “Te puedo contar un caso que no me lo creo yo mismo pero que fue verdad. Yo tenía unos animalitos en la huerta. Unos cerdos preciosos que empezaron a medrar, eran, madre mía. Y cuando los compré yo también los comprara otro chaval allí y me dijo un día: oye, ¿puedo ir a verte los cerdos? porque los míos no medran nada. Y yo, pues los míos están muy guapos, vete a ver y verás. Fue verlos y yo no sé aquello, porque hay cosas que no te las puedes creer, el caso es que los cerdos aquel día se tiraron a la cuadra y no comieron más. Yo no sé quien fue el que le dijo a mi mujer que había una bruja de esas, allá le fue a la bruja a llevarle los pelos de los cerdos, y yo le dije, quítate para allá, non vayas allá que los cerdos están malos, pusieronse malos. Y dijo: pues voy a ir allá. Ya te digo yo que a mí esas cosas me cuestan creerlas. Tu quieres ver que fueron allá y cuando vinieron me dice: ¿fuiste a ver a los cerdos? Dije, no. Que carajo voy a ir. Fue ella a verlos y cuando vino me dijo: vete a verlos. ¿Quieres ver que los cerdos estaban comiendo como si nada hubiera pasado? ¡Que no me levante de esta silla si no fue verdad!”

En el Centro de Viveiro también surgió una conversación muy interesante en torno al tema del mal de ojo. Regina, la veterana del grupo, nos explica algo que le pasó cuando estaba junto a unos vecinos recolectando patatas con la ayuda de unas vacas y un arado. Carmen, a raíz de esta vivencia, también relata algo que le aconteció. Aquí vemos un ejemplo claro de cómo ante un hecho que escapa a la razón, se le atribuye una causa mágica que requiere aceptar la existencia del mal de ojo y de las “meigas”. Si la causa es del todo irracional también lo es la forma de devolver a su camino a las reses. De nuevo, un recuerdo destapa otro, y el tema de los orines hace recordar otras supersticiones, esta vez en relación a los pescadores, que encuentro ciertamente interesantes. No dejéis de escuchar el audio, no tiene desperdicio:

Regina (Orol, 1925):”En iso tamén hai verdade ¿eh? O mal de ollo é verdade porque eu o vin. Estabamos una vez collendo as patacas co arado e as vacas. E aquela persoa que pasou cerca de onde estabamos nosoutros, que tamén din que si esa persoa que botaba o mal de ollo di: ¡Dios guarde todo!, que era a costume que había cando se estaba traballando, din que no pasaba nada. Pero ela non dixo nada. Pasou e quedouse mirando, porque ademais, aquela persoa tiña costume, érache una muller nova. Isto foi tan certo e se non aínda hai máis vivos e o meu home tamén o veu. Porque o que non ve non cree, iso xa o sei. Pois aquela señora quedouse mirando por encima dun muro, así un pedaciño. Era veciña nosa. E dicíamos: bueno, esta señora non nos gusta nada aí. Chegamos co rego ao cadullo e os demais viñamos recollendo as patacas. Cando viraron as vacas para o outro lado, dime tu como facía unha vaca por encima do arado cos pes de detrás hasta medio corpo. Non había quen a fixera volver ao seu. E podía volverse se quixera. Empuxaban por ela, pero tiña aquela cousa que non quería. Había que sacar o arado do xugo e entonces volver a tirar para atrás para que a vaca se puxera ben. Volven a poñer, un pouquiño mais adiante volve. Non había forma e mira que había homes que empuxaban pero nada. Entonces, o que estaba arando, o dono das vacas, dixéronlle, mira, non hai nada que facerlle, vamos parar un pouquiño e orinas pola vaca. Oes, paramos un pouquiño, o outro orinou pola vaca e toda a tarde recollemos as patacas e non volveu a pasar cousa.”

Las “meigas” fueron mujeres diferentes y excéntricas que, por hacer lo que no hacía nadie, se ganaron la desafortunada etiqueta que las mantuvo aisladas y rechazadas. Como escuchamos en el audio, la gente era capaz de dar rodeos por no pasar por delante de sus casas y si se las encontraban en eventos públicos, como por ejemplo, la misa, nadie se quería sentar junto a ellas y evitaban toda interacción. Está claro que estas pobres incomprendidas tuvieron que sufrir bastantes injusticias sociales y padecieron, con toda seguridad, la soledad más amarga. Quedaron solas, como así describe la canción popular dedicada a la que es, quizás, la bruja más famosa de Galicia: María Soliña. Muchos grupos musicales han versionado el poema de Celso Emilio Ferreiro en Longa noite de pedra, la versión de Carlos Núñez es quizás una de mis preferidas:

La paletilla caída

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Galicia fue, durante gran parte del s.XX una comunidad principalmente rural, donde las inclemencias del tiempo, las distancias y los pocos medios impedían, cuando se necesitaba, acudir a un médico que diera consulta en la capital del Concello. Por eso, y porque no siempre se disponía de dinero para consultar a un facultativo, se recurría a una serie de personajes que, con una práctica más o menos fundamentada, daban solución y remedio al mal que estuviera sufriendo el parroquiano.

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Foto: Carmen Méndez Goás

Estos curanderos, abanderados de la medicina popular, eran muy bien considerados por la gente de la aldea. Su sabiduría popular, mezcla de creencias religiosas, hechicería pagana y conocimientos sobre la capacidad curativa de plantas o elementos naturales, les ha llevado a sobrevivir hasta nuestros días, en parte al éxito de sus intervenciones, en parte a la transmisión del oficio que, como es el caso del personaje de la foto, se transmitió de padres a hijos.

Su nombre es Fidel de Bravos, y tuvo mucho éxito en su zona como “compoñedor” de huesos y como levantador de la famosa paletilla.

Quizás si preguntamos a alguien que nació en los últimos 20 o 30 años si sabe qué es tener la paletilla caída no encontrará respuesta a la pregunta. Sin embargo, para los alumnos de MEMOGA esta expresión era de lo más conocida. Había varios nombres para denominar este mal.

Los síntomas eran tan variados, que aún hoy en día le resulta complicado a un médico determinar qué enfermedad de manual es exactamente aquella paletilla caída. Los diferentes nombres como se conoce a la enfermedad, no hacen sino referencia a diversas partes del cuerpo. Según el doctor Cabaleiro Goás, “la paletilla puede identificarse con el apéndice xifoides, situado en el esternón, la espiñela, con el omóplato, el calleiro, con el estómago, y las asaduras con las vísceras de la cavidad abdominal.” (extraido de la Gran Enciclopedia Temática de Galicia).

La cuestión es que una persona aquejada por ansiedad, angustia, depresión, achaques tuberculosos, catarros crónicos o lesiones en el aparato digestivo podría estar sufriendo todo esto simplemente porque algo en su interior estaba fuera de sitio. Para poner remedio tendría que acudir a un compoñedor que, primeramente miraría si estaba aquejada por esta dolencia sentándola en una silla, con los pies descalzos y juntos. Si al estirar los brazos hacia delante palma contra palma, la longitud de los dedos no coincidía, estábamos indudablemente ante un caso severo de paletilla caída. Diagnóstico hecho, sólo quedaba aplicar el tratamiento.

Soluciones había tantas como compoñedores. Unas más sencillas que otras, unas más esotéricas que otras. Valga como ejemplo las que nos dan las alumnas del Centro de Viveiro, que, como podréis comprobar, saben mucho del tema. Una de ellas, Carmen, es la que me cedió la foto del “tío Fidel”. Dicen que una de sus técnicas era frotar las barbas contra las mujeres. En la audición hablan de él y también de sus herederos, los cuales continuaron la tradición. También podéis encontrar información de él en el siguiente artículo.

 

Regina (Orol, 1925): “Tiña una irmán que agora está en Montevideo, un pouco máis nova ca min, e andaba sempre ao canso, non estaba nada ben. E dicían, ao mellor está  enferma, chamábase someterse así do peito. E recórdome que onde está agora a estación do tren, aí non había aínda o tren e había una casa que, iso si que non recordo, si vivía alí o viña alí, unha señora que era algo así, algo curandeira. E lle dicían a mamá que porque non a traia alí, que porque non a traia alí e tróuxoa. Eu viñera tamén con ela. Eu recordo que a mandou tirarse así no suelo, tirou así un non sei que, unha manta o non sei. Mediuna cunha cinta métrica, e aínda non sei si seria cinta métrica, e aínda me parece que era un cordón e facían nudos, que sei eu. Mediulle, despois colleuna, botoulle as mans dela por diante e espileuna. E iso si que o sei, mandoulle que rezara, non sei cantos días, non sei que. O caso foi que miña irmá curou enseguida.”

El día de la tortilla

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Foto: Carmen Méndez Goás (1966)

En este fragmento, Carmen (Celeiro, 1939) del Centro de Viveiro, nos explica cómo se celebraba el día de la tortilla. Esta fiesta popular en Viveiro se hace el domingo anterior al Domingo de Ramos:

O dia das tortillas ven a ser o dia de San Lázaro, antes de domingo de Ramos. Pois onde se facía unha tortilla e a comiamos no campo. Antes pouco máis había que unha tortilla. Despois xa nos iamos facendo uns buñuelos, un “cake”… Mentres eramos chavaliñas íamos solas, nenas. Hasta estabamos na escola separados. Entonces, así que eramos máis grandes e había un rapaz que quería acompañarnos, nos pedía si podía vir na pandilla. Pasabámolo moi ben, era una festa típica de Viveiro. Inda hoxe se fai. Pero no íamos a “playa”, íamos todos ao campo. Faciamos churros toda a pandilla, faciamos buñuelos, faciamos tal, e todo isto era a escote. Se chovía comiámolo igual na casa, ou íamos a un café e no reservado comiamos a tortilla ou a tarta ou o que houbera.”