Saltar a la cuerda

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Jardines de Méndez Núñez. A Coruña (1927). Foto Blanco

Quizás una de las cosas que más me maravillan de la infancia es todo lo que se puede hacer con objetos banales, con utensilios que no nacieron para aquel fin pero que han encontrado una segunda vida gracias a la creatividad de niños y niñas. Es el caso de la cuerda. Nació con una finalidad de privación de libertad y sin embargo, ha regalado miles de horas de diversión y entretenimiento al aire libre.

Porque el entretenimiento infantil de antes, si el tiempo y las tareas familiares lo permitían, era básicamente en el exterior. Esta es una de las cosas que más me comentan los alumnos de MEMOGA al hablar de su infancia: la cantidad de tiempo que pasaban fuera de casa, junto a sus amigos. Recalcan que la ausencia de coches en la calle así lo permitía. Y lamentan que los niños de hoy en día no puedan gozar de esa libertad por culpa, precisamente, del tráfico.

El juego de saltar a la cuerda era territorio exclusivo de las niñas. A veces se metían por en medio niños, pero con una intención más de entorpecer o hacer rabiar a la niña que les gustaba, que por colaborar o llevar hasta su fin las reglas del juego. Y así pasaban sus horas muchas niñas, desarrollando la habilidad psicomotriz, poniendo a prueba la memoria, marcando el ritmo de la canción a base de golpes de cuerda y trabajando su habilidad social en tanto se relacionaban con otras niñas de la comunidad. Y todo esto, con una simple cuerda.

Cuando pregunté a las mujeres de MEMOGA por aquellas canciones que cantaban de pequeñas, surgieron algunas comunes entre varios centros y otras propias de cada zona. Pero en todos los casos la sonrisa e ilusión de recordarlo era unánime, así que añado este recuerdo a la lista de todos aquellos que buscan generar emociones positivas en nuestros mayores. Si escucháis con atención algunos de los próximos audios podréis comprobar lo que os digo. El primero de ellos fue registrado en el Centro de Pontedeume, en él participan Manuela (Ferrol, 1932) y MªCarmen (Pontedeume, 1942):

 

“Pimpolito fue a la escuela; le echaron para fuera; pin pon fuera.”

“Pimpolito era una fila y solo dabas un salto, tenías que dar la vuelta y entrar por otro lado, así dando vueltas”.

“Los dátiles de Ferrol dicen que saben muy ricos; porque tienen la semilla metida en un botijo.”

“Las glorias de Teresa corazón, corazón, Teresita; Las glorias de Teresa yo las quiero cantar; Do re mi, do re fa, yo las quiero cantar.”

“Esto era chos. Que era cuando te daban cuerda dos y muy fuerte. Esto era muy difícil porque “corazón, corazón, Teresita” era con fuerza y tenías que dar 4 saltos grandes”.

En Ferrol:

“La señora Lindolejo fue al baile en reunión; al bailar el pasodoble el polisón encallo; su novio muy afligido se bajo y se lo cogió; eran tres camisas viejas atadas con un cordón; por eso niñas tener cuidado; llevarlo todo muy arreglado; que a la señora de Lindolejo; se le han caído los trapos viejos.”

“Me casé con un enano, no, no; para hartarme de reir, reir; le puse la cama alta, ta; para no poder subir, subir; al subir las escaleras; una pulga me picó; maldita sea la pulga; que en la pierna me picó.”

“Pase misí, pase misá; Por las calles de Alcalá; La de adelante corre mucho; La de atrás se quedará.”

“A esto jugábamos mucho, había que elegir entre dos cosas, nos quedábamos en medio y tú decías, en Cabañas se jugaba mucho al Chalé del Arenal o al de Doña Rosa de arriba y elegías. También era, escoge entre azul o rosa, así se repartían”.

También se jugaba mucho a la rueda:

“Al levantar una lancha una jardinera vi; regando sus lindas flores y al momento la seguí; jardinera tu que entraste en el jardín del amor; de las flores que tu riegas dime cual es la mejor; la mejor es una rosa que se viste de color; del color que se le antoja y verde lleva la hoja; tiene tres hojitas verdes las demás son encarnadas; a ti te escojo “fulanita” por ser la más resalada; muchas gracias jardinera por el gusto que has tenido; tantas niñas en el corro; y a mí sola me has cogido.”

La semana siguiente a la sesión en que se grabó este audio, Mª Carmen volvió a recordar algunas canciones más:

Entre ellas esta canción en estilo romance, que tiene como título “La doncella guerrera” y que parece ser que pertenece a un cancionero infantil extremeño.

“Un capitán sevillano, siete hijos le dio Dios, y tuvo la mala suerte que ninguno fue varón. Un día la más pequeña, presentó la inclinación, de ir a servir al rey vestidita de varón. No vayas, hija, no vayas, que te van a conocer, tienes el pelo muy largo y dirán que eres mujer. Si tengo el pelo largo madre, córtemelo usted, que después de bien cortado un varón pareceré. Siete años en la guerra y nadie la conoció, hasta que un día en la lucha el refajo se le vio. El rey que estaba allí, de ella se enamoró, pidió permiso a sus padres y con ella se casó”.

Se pueden encontrar en internet diferentes versiones de la canción, esta es una de ellas:

Y esta otra, interpretada por el músico y folklorista zamorano Joaquín Díaz.

La siguiente, titulada “La Cantinerita” está registrada en un cancionero vasco:

“Cantinerita, niña bonita, si yo pudiera gozar tu amor, una semana de buena gana sin comer rancho estaría yo. Yo soy la cantinerita, niña bonita del regimiento, y todos los soldados cuando me ven pasar, se cuadran, saludan y empiezan a cantar”.

Para la rueda: “Esa que está en el medio parece boba, pero para los novios se pinta sola, vente a mis brazos te adoraré y para siempre tu amor seré, muy bien, muy bien, muy bien sabe usted bailar, muy bien, muy bien, muy bien que gusto me da”.

“Los dátiles de Ferrol dicen que saben muy ricos; porque tienen la semilla metidita en un botijo, a la punta y al tacón, que se baila con un pie y me lo enseñó a bailar, mi amado Rafael, Rafael de mi vida, Rafael de mi amor, enseñame a bailar con la punta y el tacón.”

En el Centro de Pontevedra surgieron estas otras canciones:

La primera de ellas, titulada “La reina de los mares” está fabulosamente recogida e interpretada de nuevo por Joaquín Díaz en esta dirección.

La siguiente, también muy popular, es la canción del barquero:

“Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero. Yo no soy bonita ni lo quiero ser. Arriba la barca una dos y tres.”

La anécdota que nos explica Encarna sobre el juego del caracol hace referencia efectivamente a una modalidad de la rayuela con forma de espiral. Un juego que aún hoy en día se juega en muchas partes del mundo:

En el Centro de Santiago, las alumnas recordaron también la canción del barquero y la reina de los mares. Así como otras que transcribo abajo:

Una, una abanico, de la pluma, por aquí pasó Pilatos, haciendo maragatos con una bola verde pierde que pierde, enanita, peluquera, ¿(transportas)? calaveras, por aquí pasó Pilatos…”

“Tres, dos una, La Coruña, la farmacia, de vermejo, de (?), de conejo…”

Todas estas canciones son como llaves maestras para abrir los recuerdos de aquellos que las cantaron cuando eran niños. Su función no es otra que la de conectar con ese instante que se ha mantenido aletargado en lo profundo de la memoria y que fue tan especial e intenso que sigue vivo allí dentro, asociado a una emoción agradable que se vivió en una etapa en la que había en perspectiva toda una vida por vivir. Con este post os presto el llavero, confío en que haréis buena labor como seren@s.

Batallas campales

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Foto: Niños del colegio de la rúa Herrerias (A Coruña). Autor: Alberto Martí. Fuente: Grupo de Facebook “Ollar Galicia” colgada por María Jesús Vázquez Castro

¿Crees que podría existir algún día un mundo en paz como aquel que describía John Lennon en su canción “Imagine”? Tal vez, no pierdo la esperanza, pero para lograrlo necesitaríamos cambiar mucho la forma que tenemos de interpretar la realidad y las amenazas que nos rodean. Volvemos de nuevo al cerebro. Ese órgano que busca reducir el consumo de energía y que prefiere rodearse de cosas conocidas, confortables y coherentes a su propio pensamiento, llegando a simplificar tanto lo más complejo que corre el peligro de pecar de intolerante. Y así nacen las guerras, las xenofobias y el miedo a lo diferente.

He aprendido, después de trabajar muchos años con personas afectadas por demencia, que la agresividad que manifiestan estos enfermos se produce cuando perciben una amenaza, es decir, cuando el miedo les obliga a ponerse en modo “lucha” para preservar su integridad. La dificultad que tienen de interpretar la realidad hace que “luchen” contra el que está intentando darle de comer, ducharlo o acostarlo. Incluso con alguien que le está aturullando con demasiadas preguntas o frases complejas. En realidad, esta persona no es agresiva. Se está defendiendo de una amenaza mal percibida.

En este sentido, no nos diferenciamos tanto los que aún mantenemos sano nuestro cerebro. Aunque en nuestro caso es más grave acabar agrediendo o sintiendo ira, ya que nosotros sí mantenemos aún la capacidad de decidir qué queremos pensar o no pudiendo interpretar la realidad sin dejarnos llevar por miedos y amenazas inexistentes. Creo que todo aquel que se deja llevar por pensamientos reduccionistas y totalitarios es un vago cerebral. Me refiero a todos estos partidos políticos radicales que no saben mantener la dirección y se acaban estampando en la siguiente curva, ya sea hacia la izquierda o hacia la derecha. Pero no les culpo, al fin y al cabo, yo mismo decía más arriba que el cerebro es vago por naturaleza.

Y mientras sigan las cosas así, el ser humano seguirá luchando por causas de tal trascendencia que bien le valgan una y mil batallas. Batallas que comienzan ya desde niños como un juego, cuando el individuo está desarrollando su personalidad y busca la pertenencia a un grupo, o lo que es lo mismo, la distancia respecto a aquello que siente como ajeno. De esta forma nacieron las batallas campales entre niños (y niñas), un fenómeno muy interesante que descubrí con los alumnos de MEMOGA y que he disfrutado investigando. En el siguiente corte de audio, Horacio nos explica esa forma de jugar tan bruta que tenían los niños. El escenario es la Compostela de los años 30, pero podríais imaginar cualquier escenario, pues allá donde hubiesen varios grupos de niños, una colina o extensión de terreno y montones de piedra, la batalla campal estaba asegurada.

 

Horacio (Santiago,1929): “En Santiago, a los de la rúa San Pedro, les llamaban los de los Estados Unidos y entonces los de San Caetano, Pastoriza, los de la calle Espíritu Santo, Calle de Abajo, calle de Arriba, Basquiños, pues nos retaban allá en la Almáciga a tirar piedras unos contra otros. Los de San Pedro tenían muy buenos tiradores. Además íbamos a ver si les cogíamos e íbamos con tijeras para ver si les cortábamos el pelo al rape.”

Esta información que transmite Horacio invita a viajar con la imaginación y los datos a ese Santiago de Compostela de principios del s.XX, más rural que urbano, donde los carros de bueyes se paseaban por delante de la catedral y cada jueves se celebraba la feria de ganado en la carballeira de Santa Susana. De hecho, esta carballeira es el escenario de la siguiente noticia de periódico, rescatada en la Hemeroteca, que describe una batalla entre bandos utilizando palos, piedras y navajas como armas.

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El Eco de Santiago. 26 de mayo de 1933

Si viajamos un poco más atrás en el tiempo, encontramos esta otra noticia donde se da cuenta de otra batalla infantil, en este caso, en el monte de la Trisca. Escenario similar al de la Almáciga (que nos relataba Horacio) o al de Santa Susana (de la anterior noticia).

gaceta de galicia diario de santiago. decano de la prensa de compostela num. 50 (03031879

Gaceta de Galicia. Diario de Santiago. 3 de Marzo de 1879

Parece que ya en aquella época los propios medios veían normal y habitual este tipo de “chiquilladas”. Llama la atención la insistencia de los combatientes en la batalla a pesar de la presencia de los agentes municipales. Seguramente, la emoción y la adrenalina de este juego les invitaba a seguir y seguir luchando a pesar del peligro de ser reprendidos por la autoridad o sus padres.

Los escenarios habituales eran montes, pero eso no quita que pudieran darse contiendas en lugares más públicos donde sin duda se generarían daños colaterales:

Manuela (Pontedeume, 1932): “A pedrada limpia participé una vez. Desde la plaza del pan hacia abajo tiré una piedra, rompí el cristal de un escaparate y ¡mi madre!… Vino el dueño, preguntó y todos dijimos que no habíamos sido. La culpa se la llevó un niño. Después la conciencia me remordía y le dije a una amiga que tenía que por favor fuera a decirle al señor que había sido yo. Al final el señor vino a mi casa y mi abuela tuvo que pagar el cristal. Menos mal que de aquella los cristales no era una luna grande. Eran cuatro cristales y fue uno solo. Y ya ves las guerras, unos niños que vinieron a meterse con nosotras y nosotras a pedrada limpia.”

En el siguiente corte de audio grabado en el Centro de Pontevedra, Raimundo (Cesures, 1933) y José (Vilasantar, 1948) también nos describen cómo era sus batallas campales cuando ellos eran niños:

 

José (Vilasantar, 1948): “Eu ía a unha escola unitaria onde eramos 40 rapaces. Para a batalla utilizabamos terróns. O máis curioso é que iamos falando amigablemente ata chegar ao campo de batalla. Cando chegabamos empezabamos a batalla. Despois volviamos todos como amigos.” 

Viendo de donde venimos, parece más fácil entender porqué la gente se pelea en los campos de fútbol, porqué disfrutamos tanto jugando al “paintball” o porqué existen las guerras entre bandas juveniles.  John, yo imaginar lo imagino pero de ahí a conseguirlo… creo que queda mucho camino.