Iste vaise e aquel vaise

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emigracion

Foto: Manuel Ferrol (Coruña, 1957)

Abandonar la tierra donde naciste y creciste para buscar un futuro mejor. Esta ha sido una práctica muy común en Galicia desde hace siglos. No en vano existe la expresión de que hay gallegos hasta en la luna. Pese a no haber colonizado aún nuestro satélite, los destinos elegidos por nuestros antepasados han sido numerosos y diversos: Cuba, Argentina, Uruguay, Alemania, Suiza… Exceptuando casos donde se produjo un exilio por causas políticas, la principal motivación del emigrante fue buscar un futuro próspero, lograr en otro lugar lo que no se conseguía en la propia tierra: un trabajo donde poder tener éxito económico que permitiera un retiro holgado, a ser posible, en la Galicia natal.

No hay una sola causa en este gran éxodo de población. Fueron responsables de ello el gran crecimiento de la población (en la zona rural la gran mayoría de familias eran muy numerosas), el déficit económico y productivo (no había apenas dónde trabajar) o la cultura caciquil (auténticos traficantes de influencias y abusadores de poder). Lo cierto es que no quedaba otra que marchar. Se inició paulatinamente, de forma temporal al inicio y más tarde permanentemente. Un sangrado continuo de población que aún hoy, en nuestros días, continúa.

Según la época, los destinos fueron también muy diversos. Antes de la gran época de los transportes transoceánicos, el destino de los gallegos fue intrapeninsular. Sobretodo a la zona castellana para realizar labores agrícolas como la siega. Era una emigración temporal llamada “anduriña” que afectó sobretodo a la población de Lugo y Orense y que se prolongó en el tiempo hasta bien entrado el s.XX.

En el siguiente poema de Rosalía de Castro se puede apreciar la dureza de los trabajos que tuvieron que soportar:

 

 

Los desplazamientos hacia el Nuevo Mundo tuvieron su máximo esplendor entre finales del s.XIX y principios del s.XX. Hay una serie de países que alojaron más emigrantes gallegos, quizás por el efecto llamada. Entre ellos encontramos Cuba, Argentina, Brasil o Venezuela. En ellos, aún hoy, podemos encontrar amplias colonias galaicas que en su momento tuvieron una importante repercusión en la sociedad de aquellos países.

En los años 30 del s.XX, coincidiendo con la depresión económica de 1929 y el inició de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, el flujo migratorio se invirtió y muchos de los que marcharon se convirtieron en retornados.

Los años de la postguerra, caracterizados por la miseria y la precariedad elevó de nuevo las partidas hacia América, pero a partir de los 60, los emigrantes cambiaron sus destinos. Ya no marchaban a ultramar, sino que escogían otros países más cercanos que permitieron combatir el desarraigo al poder venir en vacaciones a la tierra natal. Los principales destinos para los gallegos de entonces fueron Alemania, Suiza y Reino Unido,  además de Holanda, Bélgica y Francia.

Los alumnos de MEMOGA también sufrieron en sus carnes o por conocidos los estragos de la emigración. En la grabación que aparece abajo, Rosario (Coirós, 1931), del Centro de Betanzos, nos explica cómo fue su experiencia cuando marchó junto a su marido al Reino Unido para trabajar de sirvientes en una familia acomodada.

 

La siguiente riada emigratoria, la que afectó a partir de los años 70, tuvo como destino comunidades autónomas de la península que gozaban de mayor prosperidad. País Vasco, Cataluña, Madrid… Era una época donde había una gran demanda de empleo, lo que hizo que muchos integrantes de la misma familia marcharan a la misma zona, produciendo de nuevo, el correspondiente efecto llamada.

Conozco una anécdota relacionada con este último punto que viene a demostrar la dimensión de este efecto llamada. Se produjo un verano que acudí junto a un compañero de “Cantigas e Agarimos” a realizar una “recollida” por la zona de los “Ancares”. Por “recollida” se entiende una forma de registrar en vídeo los cantos y bailes característicos de una zona. En definitiva, un estudio de campo etnomusicológico. Pues bien, paseando por los diferentes pueblos de los Ancares, en pleno mes de agosto, me llamó mucho la atención ver un gran número de taxis de Barcelona aparcados en las casas. Está visto que, en aquellos años, cuando alguien de la zona marchó a la capital catalana, y viendo que prosperaba, muchos otros decidieran (por imitación o parentesco) probar la misma suerte. Resultado: concentración rural de taxis blancos y amarillos en pleno agosto.

De lo que sí goza Galicia es de una ferviente actividad cultural en la diáspora. La Galicia exterior, muy tenida en cuenta en las partidas presupuestarias (no en vano, también son votos), cuenta con numerosos grupos que han querido mantener viva la cultura propia o la de sus antepasados.

Ya en la mitad del siglo pasado, con la llegada de los exiliados políticos, la actividad cultural y política creció notablemente, como continuación de la labor que se estaba desarrollando en la Península en los años precedentes a la Guerra. Se fundaron Patronatos de Cultura en diferentes países, se crea el “Instituto Arxentino da Cultura Galega” y el “Consello de Galiza” de carácter político. La producción cultural fue amplísima: programas de radio en gallego, conferencias, publicaciones de libros y revistas…

Las editoriales fundadas por los emigrantes permitieron que salieran a la luz pública sus creaciones literarias y de investigación, ensayos políticos, las obras de los clásicos, etc.
Las revistas se convirtieron en uno de los medios de comunicación más común en las colectividades gallegas, además de algunos periódicos: Galeuzka (1954, Buenos Aires), Vieiros (1959, México) y Galiza Emigrante.

Argentina jugó el papel de capital espiritual de Galicia. Allí se realizó un enorme trabajo de la mano de hombres de la talla de Castelao, Blanco Amor, Luis Seoane, Lorenzo Varela, Rafael Dieste o Lois Tobío.
A la radio se le sacó mucho provecho para la difusión de los valores culturales gallegos y del pensamiento galleguista. En Montevideo, el 3 de setiembre de 1950 salió al aire por vez primera el progama “Sempre en Galiza”, emitido íntegramente en gallego.

El paso del tiempo va siendo testigo del nacimiento de asociaciones, “irmandades”, sociedades y centros que reúnen los emigrantes gallegos como colectividad con carácter propio. El objetivo básico de estas agrupaciones es la protección de sus asociados frente a las grandes dificultades que se les presentaban en un medio ajeno. Sería interminable la lista de Centros y Casas de Galicia hoy activas a lo largo de la geografía.

El portal Galicia Aberta creado por la Secretaría Xeral de Emigración de la Xunta, nos puede dar una buena idea de ello.

Y como final de post: música de Fuxan os Ventos. Su canción, “iste vaise e aquel vaise” que ha dado título a esta entrada refleja una vez más la dureza y el desarraigo que genera tener que marchar lejos de la tierra que te vió nacer.

 

 

 

 

La Navidad de entonces

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“Aguinaldo en Asturias”. Grabado de J. Cuevas (1884-1930).

Una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura y que pasa menos desapercibida por nuestro vivir cotidiano son sin duda las Navidades. Esta celebración que se extiende desde la llegada del invierno hasta la recepción de un nuevo año (con visita incluida de tres foráneos engalanados con túnicas) trastoca de forma irremediable nuestra rutina. Hay quien la rechaza sin tapujos, quien la celebra de forma ñoña, quien la recibe de mal humor mientras dura o quien se tira sin remordimientos (o con ellos) en la telaraña que la sociedad de consumo le tiende maliciosamente. A veces cada uno de nosotros elegimos una forma u otra de transitar por estas fechas, pues si algo nos deja claro esta vida es que cuanto más nos empeñamos en teñir de blanco o de negro, lo que finalmente predomina es el gris. En cualquier caso, se acercan baches, y toca poner un poco de atención para sortearlos (sin dejar de disfrutar de la mejor forma que queramos).

Cuando llegas a una edad avanzada, además de hacerte mayor, eres un testigo presencial de los cambios que se han producido en tu cultura. De hecho, una cultura que no haya cambiado en 80 años se podría decir que está enferma o prácticamente muerta. Pero no siempre los cambios son bien vistos. En realidad, el ser humano, por norma general, se aferra a la rutina, intenta conservar su zona de confort y no adentrarse en zona desconocida. Se empeña en mantenerse rodeado de todo aquello que le de seguridad y coherencia de pensamiento. En este empeño conservador tiene mucho que ver nuestro cerebro, una máquina maravillosa pero llena de imperfecciones que tiene entre sus máximas ahorrar toda la energía posible para mantener su autonomía.

Resumiendo, cuando nos hacemos mayores predomina (no digo que sea así en todo los individuos) aquel pensamiento de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En esto la memoria juega también malas pasadas (otra vez el cerebro imperfecto) al recordar el pasado no como sucedió sino obviando principalmente los eventos negativos y conservando los positivos.  Además, es lógico que recordemos nuestra etapa de juventud y adolescencia como una etapa excitante y llena de emociones agradables, pues en la mayoría de los casos esta etapa fue precisamente eso.

Si a todo esto le añadimos que, con la llegada del Estado del bienestar, ciertos valores se quedaron por el camino para ver aflorar otros, no es de extrañar que haya una opinión predominante entre los mayores considerando que la Navidad no es lo que era y que el cambio no les ha traído más cosa que tristeza. Esta conversación del Centro de Viveiro trata sobre esto:

 

“Agora non hai nada. Todos salen co seu coche… É moi triste. Agora vivese mellor, todo o mundo vive ben pero non hai aquel espiritu da Navidad. Nin amor, nin ese compañerismo, nin ese aprecio, esa cousa que había. Antes ibamos a misa e xuntabámonos ao mellor sete ou oito no camin. E mira, ibamos falando. As chicas jovenes iban falando coa xente maior. E hoxe non. A xente nova vai sola e os maiores detrás. Levaban unha conversación co maior como se fosemos todos iguales. E agora non.”

Cuando preguntas a un mayor cómo eran antes sus Navidades, una de las cosas que predomina y que, según ellos ha ido perdiéndose, es el uso de la música durante todo el tiempo que duraban las fiestas. Primero en Nochebuena y Navidad, con villancicos y “panxoliñas” (de estas se sabe que en el s.XV ya se cantaban), y después se continuaba con cantos de Aninovo, los cantos a los Manueles y los cantos a los Reises.

Así pues la música, a falta de otros entretenimientos más tecnológicos, era la protagonista y venía a quedarse durante toda la celebración. Estas canciones se cantaban en las reuniones familiares improvisando con cualquier objeto como instrumento, pero también se iba por las casas, sobretodo mozos y mozas, pidiendo el aguinaldo: una recompensa por la actuación que podía recibirse en forma de alimentos o dinero. Cuando acababan de tocar, se hacía la repartición de lo ganado o se hacía una fiesta sólo para los más jóvenes. En la imagen de esta entrada, que forma parte de la fabulosa colección de grabados del dibujante asturiano José Cuevas, se recrea el momento en el que los niños reciben unos chorizos tras haber cantado el aguinaldo. Dicen que si la persona no colaboraba, existían composiciones que les criticaban con la intención de que todo el vecindario lo supiera:

“Cantámosche os  Reises

guedellas de cabra

Cantámosche os Reises

Non nos deches nada.

Esta casa é de palla,

esta casa non val nada…”

Enciclopedia La Voz de Galicia. Do Entroido ao Nadal.

El bache de la Navidad al que apelaba al principio, también se caracteriza por un exceso gastronómico. En estas fechas comemos y no paramos de comer. En la actualidad, es típico ganar algún kilo de más de forma que a partir de enero uno de los propósitos más frecuentes es apuntarse al gimnasio. ¿Pero antes se comía así? ¿Y se comía lo mismo? Pues cuando preguntas te das cuenta de que las cosas no son siempre como esperabas. Por ejemplo, el marisco no comenzó a llenar las mesas navideñas hasta entrados los años cincuenta. Algún alumno de MEMOGA me comentó que antes de esa fecha, un manjar tan preciado como es el percebe, se utilizaba para abonar los huertos. Tampoco se solía comer carne en Nochebuena y el plato más extendido solía ser era el bacalao con repollo o coliflor.

Según Xosé Ramón Mariño Ferro, en su libro “Antropoloxía de Galicia” estos eran algunos de los platos de aquella época:

Os pratos típicos da cea de Noiteboa non conteñen carne porque antano nas vésperas das festas gardaban abstinencia. En terras de Miranda o menu inclúe coliflor con bacallao, torradas de pan molladas en leite, fritas en manteiga e adozadas con azucre, e compota de pera con viño tinto. En Velle cean repolo con bacallao; en Verín, polbo, bacallao con grelos ou verzas e sopa de améndoas, a base de améndoas moídas fervidas en leite augado ó que lle agregan cachiños de pan frito en mantenga de vaca.

Os doces máis comúns son as papas de arroz, as sopas borrachas, as torradas, as compotas, os froitos secos, as castañas cocidas ou asadas.

O de Noiteboa é un banquete familiar. Celebrando a constitución da Sagrada Família, reúnense e comen xuntos os pais, os fillos e fillas solteiros que viven fora e as fillas casadas acompañadas do marido e dos nenos. Tamén se teñen em conta os ausentes, e deixanselles um sitio na mesa co seu correspondente prato.

En Castro Caldelas e outros lugares non recollen a mesa ata o día seguinte por se as animas veñen comer. Ás veces póñenlle-la comida na lareira para que non pasen frío.”

En el siguiente corte podéis escuchar lo que opinan los alumnos del Centro de Pontevedra sobre la Navidad, qué hacían y qué comían en esas fiestas cuando eran jóvenes.

 

Carmen (Meis, 1933) : “Íbamos a cantar por las puertas y luego pues te daban algo. Te daban Mucha nuez porque como se cogían en el campo, no la compraban tu te comías las nueces y te daban higos, higos pasos. En todas te daban algo pero también te daban un dinerillo y nosotros después, como íbamos con la pandilla pues íbamos a la repartición.”

Vidalina (Sanxenxo, 1940): “Lo que me gustaba a mí mucho en aquel tiempo es lo que hacíamos en nuestra parroquia en la Iglesia. Hacíamos un nacimiento. Uno se vestía de San José. Había unos profesores allí, los señores de Mendez y eran los que lo organizaban. Hacían como cuando nació Jesús, hacían los villancicos y luego iba todo el mundo allí. También recuerdo en mi casa, era una casa muy pobre, mi madre había quedado viuda con cinco hijos, no hay nada que decir en aquellos tiempos difíciles pero recuerdo un entrañamiento, un amor y una cosa que ahora no la veo, no existe. En la pobreza teníamos una pobreza pero bueno, lo dijimos aquí un día, el bollo en la lareda y unas manzanitas asadas, y unos pescaditos guisados que hacía mi madre muy bien con unas patatitas y era una cena de maravilla. Pero no se, aquello sabía a gloria.”

José (Vilasantar, 1948): “Yo hablar de marisco ni oí hablar hasta que tuve 20 años. En mi casa, una casa de aldea, de interior, de familia numerosa, eramos ocho hermanos de los que seis estábamos en casa más los dos padres. La cena de nochebuena era coliflor con bacalao y luego algo de turrón. Normalmente nos gustaba el duro que yo no sé que coño debía ser porque había que partirlo con martillo. El turrón duro es lo único que había. Por Reyes se formaban por allí por la parroquia unos grupos de gaitas y gente que le daba muy bien a cantar. Entonces iban a cantar por las casas y al mismo tiempo pedían un poco de aguinaldo. Y tengo el recuerdo de una vez en mi casa que estábamos de matanza y mi padre estaba con una camisa casi negra y como él no quería soltarles nada les dijo: ¡Non, aquí non cantedes que estamos de loito!”

Ahora que se acercan estas fechas y la gente se reúne con la familia no dejéis pasar la oportunidad de preguntar a vuestros mayores por todo esto. Os podrán decir cosas muy interesantes, como estas que nos cuenta Concha de Luneda y que confirman lo que hemos leído y escuchado en este post. Las imágenes están extraídas del programa “Alalá” de la TVG que se emitió en diciembre del año 2006.

¡Feliz Navidad a tod@s!

“A cada cerdo le llega su San Martín”

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Foto: Propiedad de Carmiña Tinoca. Autor: Xosé Vázquez Arias “O Rizo” Fuente: www.aquelacelanova.es Localización: Rúa de Abaixo (Celanova) c.a 1960

Tarde o temprano llega el momento. No es agradable para los habitantes de la casa porque quien más o quien menos le ha cogido cariño a ese animal que te mira y parece que piense. Desde que lo adquirimos en la feria, hemos estado durante casi un año alimentándolo bien para que se cebara, le hemos dado paseos por la “eira” y le hemos tratado a cuerpo de rey. Hasta le hemos puesto nombre y lo hemos protegido de la envidia y el mal de ojo poniendo un amuleto en su corte. Pero todo 11 de noviembre llega. Ya comienza a hacer frío y en casa, la familia, necesita un aporte extra de proteína en la alimentación para hacer frente al invierno que se acerca y que no sólo se puede pasar con un caldo de verduras o unas castañas con leche. La despensa ya no tiene chorizos, el lacón se acabó hace tiempo y del jamón solo queda un hueso rancio que hará su última función sumergido en el último caldo que por no llevar ya no lleva ni unto.

Es por esto, porque el hambre aprieta, por lo que nuestro apreciado cochino pasará a mejor vida y nos dará, con su sacrificio, la vida que le quitamos. El día de matanza será una fiesta, invitaremos a familiares y haremos filloas de sangre, a ver si así evitamos que los más pequeños acaben con anemia, que están en tiempo de crecer y no siempre reciben la mejor alimentación.

Hablar de la matanza con los alumnos de MEMOGA es una experiencia donde siempre aprendes. Ellos vivieron esos años donde se mataba para comer y cualquier sacrificio del animal de la casa estaba justificado pues eran muchas las bocas que alimentar. Era necesario llenar la despensa sobretodo en una estación del año donde no era fácil encontrar alimento.

El audio de este Post dura bastante tiempo, lo reconozco. Es del Centro de Betanzos, en un día que vinieron pocos alumnos: en la conversación sólo participan Rosario (Coirós, 1931) y Felipe (Oza de los Ríos, 1937). Quizás gracias a ello la conversación se hizo más fluida y nítida. Es así como pude saber que si el matarife no era muy diestro en su faena el cerdo podía arrancar a correr con el cuchillo clavado, que los cerdos comían todo lo que pudieran y más con tal de llegar cebados a su sacrificio, que del cerdo todo se aprovecha, conocí la diferencia entre sebo y unto, o la manera de hacer que un jamón no se echara a perder por culpa de la dichosa mosca.

Este audio es muy largo pero no he visto por donde recortarlo, todo me parecía interesante, por eso lo cuelgo tal cual. De esta forma, os podéis hacer también una idea de como era la parte inicial de una sesión de MEMOGA, en la que conversábamos sobre el tema del día apoyados en material visual (fotos) y también material oral (textos sobre el tema que introducía dentro de las conversaciones para estimular el recuerdo de los participantes). Para haceros más amena la escucha os muestro parte de ese material gráfico que me servía de apoyo para reconducir la sesión. Disfrutadlo.

 

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El Magosto

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Foto: Recolectando castañas de los “ouriceiros”. San Antolín de Ibias, c.a 1930. Walter Ebeling.

En Galicia hay castaños centenarios que, si pudieran hablar, nos explicarían con todo detalle escenas como la que se puede apreciar en la imagen. Durante generaciones, los gallegos, y en general, todos los habitantes de la cornisa cantábrica, se dirigían al bosque por estas fechas con la intención de recolectar un alimento que formaría parte de su dieta básica durante todo el invierno. Los castaños que habitan los bosques han sido testigos de esta tradición que se repite cada otoño y que contaba con una importante organización, pues de llevarla a cabo con éxito o no dependía el poder pasar los rigores del invierno con el estómago más o menos lleno. En el siguiente corte de audio, José, del Centro de A Coruña y natural de As Nogáis (Lugo), nos relata como era esta escena anual, en la que los hombres se dedicaban a subir a los castaños y sacudirlos con varas para hacer caer los erizos que después, y con la ayuda de las mujeres, se recogían y depositaban en los “ouriceiros”.

 

José (As Nogáis, 1936): “Lle chamaban ouriceiros e eran una especie de fornos cerrados, o sea, unos círculos, como un depósito. Alí sacudíanse as castañas, se botaban en aqueles ouriceiros e alí curtían. Chovía por elas. Poñíaselles por encima unhas ramas para que pasara a auga e os ourizos ían pudrindo, sen estropear a castaña porque a cascara da castaña e moi dura e non lle afecta aunque esté húmida. Hasta que estaban curtidas. Para despois sacalas cando pasaba cerca de un mes, despois de chover en elas. Entonces se estendían. Ao redor do ouriceiro normalmente era un sitio raso. Non había parte leñosa. E alí se estendía e entonces dúas ou tres persoas os pisaban porque os ourizos estaban blandiños e ían quedando. Despois cunha especie de horquilla se ían arrastrando, se ían movendo, quitándolle os ourizos e quedaban case limpas.”

“Aquello era una juerga, empezaban a cantar en los árboles los hombres y las mujeres. Sobretodo eran los hombres los que subían a los árboles a sacudir. Yo no sé si era para disimular el miedo, pero se cantaba siempre. Las chicas iban para apañar los ourizos y los metían en los ouriceiros”.

Aparte de las castañas que se quedaban en los “ouriceiros” para curtirse y ser recogidas al cabo de un tiempo, había otras que marchaban para casa, metidas en cestos. En la siguiente imagen podemos apreciar esa escena. En este caso, la pareja se dirige a su casa con el cesto lleno a la cabeza, barruntando quizás sobre cual será la mejor manera de consumirlas, si asadas, cocidas, con leche, o simplemente crudas.

Foto: A Ermida, A Pastoriza, c.a 1930. Walter Ebeling.

 

Lo cierto es que, después de hablar con todos los alumnos de MEMOGA me quedó clara una cosa: antiguamente no se celebraba el Magosto un día en concreto como ocurre hoy en día. La época de castañas, gracias a las diferentes formas de conservarlas se podía prolongar durante todo el invierno, así que se consumían siempre que se podía. Podríamos decir que por Magosto se entendía toda aquella celebración donde hubieran castañas de por medio pero esta no tenía que ser precisamente el día 31 de octubre. Sobre este tema hablamos en el siguiente corte de audio, que fue registrado en el  Centro de Betanzos:

 

Rosario (Coirós, 1931): “En Espenuca vivían los Corrales y se recogía el maíz. Lo echaban en un arcón e íbamos los vecinos todos a ayudar a deshojar el maíz y al final ellos nos hacían un magosto.”

Felipe (Oza de los Ríos, 1936): “En mi parroquia las castañas se usaban como medios de sobrevivir, más que como fiesta. Es decir, se comían a diario cuando las habían. Cuando las había se aprovechaban todas, no se perdía una castaña. Ya podía estar el castaño donde fuera que no se perdía.”

Petronilo (León, 1930): “En la calle de Nuestra Señora, la que va al cementerio, había antes de llegar a la iglesia, en las tres casas anteriores había un campito adosado a las viviendas que tenía castaños. Ya las que cogíamos en el suelo ya no podíamos esperar a que cayeran ni tirarlas porque había muchas. Pero se comían todas y aún faltaban castañas.”

Como habéis podido escuchar en el audio, existen muchas formas diferentes de consumir las castañas. En el libro Antropoloxía de Galicia de Xosé Ramón Mariño Ferro podemos encontrar alguna idea más:

“Para cocelas, primeiro destónanas e logo bótanas nunha pota con auga e fiúncho ou nébeda. Nalgunhas casas cócenas nun pote especial, panzudo e máis ou menos grande, e alí, a carón do lume, quedan ata que se acaban; cando algúen ten fame, achégase ó pote e come. Escórrenas nun cesto, nun cribo ou nun escoadoiro destinado a ese fin. Ás cocidas coa casca chámanlles zonchos. En Mondoñedo adoitan enfialos en colares que logo van comendo.

Ás veces as castañas cocidas con nébeda quítanas do lume a medio cocer, tíranlle-la tona interna e acaban de cocelas en leite. O almorzo e a cea de moitos ancareses consiste, precisamente, en castañas con leite.

Un prato invernal moi apreciado, sobre todo en certas bisbarras luguesas, é o caldo de castañas frescas ou maias. Pélanas, férvenas en auga con sal el, así que sufriron unha fervura, tíranlle-la monda interior e pártenas á metade. Despois póñenas de novo a ferver nunha auga limpa, cunha cebola e un dente de allo, acompañados, ás veces, por un anaco de touciño, unha orella ou unhas pingas de vinagre. Hai variantes, como as de Pallares de Melide, onde cocen coas castañas un par de chanfainas e algo de touciño; logo, comen a carne coas castañas e na auga do caldo fan unhas sopas de pan.”  

Para terminar, me gustaría destacar una curiosa forma de mantener entretenidos a los niños en la jornada del día de todos los Santos, cuando todo el mundo acudía a los cementerios para visitar las tumbas y muchos podrían acabar aburriéndose. Esta costumbre la pude escuchar sobretodo en los alumnos que habían vivido en el norte de Galicia y consistía en lo siguiente:

Ana (Santander, 1928): “Yo lo que me acuerdo de pequeña en mi casa, cuando vivía en Coruña, es que mi madre hacía buñuelos y torrijas. Luego se cocían las castañas con piel y después se comían. Hacíamos collares y pulseras de castañas y los llevábamos puestos. Entonces íbamos a los cementerios comiendo castañas de una en una”

Rosario (Coirós, 1931): “En mi casa, el primero de noviembre cocíamos unas castañas con la piel y hacíamos collares. Los niños salíamos con esos collares de castaña y las íbamos comiendo.”

Marina (Villalba, 1934): “Hacíamos unos rosarios con castañas cocidas, nos los colgábamos y presumíamos.” 

Vamos a disfrutar del otoño. Llegó el frío, llegaron las castañas y es hora de comerlas. Ya sean asadas, cocidas, con leche, pilongas o con “ronco”. Buen provecho. ¡Y feliz Magosto a todos!

La cocina

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Foto: Ksado

La cocina que calentó a los gallegos de la primera mitad del s.XX no difiere mucho de la que lo hizo en los siglos anteriores. Aquella estancia, donde se cocinaba, se comía y se entraba en calor, era el principal lugar de reunión para los integrantes de extensas familias. Allí se explicaban historias, se cantaban canciones y se hablaba de cómo había ido el día.

Una de las cosas que más admiro de la vida rural de aquella época es la poca cantidad de residuo que se generaba, o más bien, la forma como el hombre se integraba en el medio natural sin apenas afectar su equilibrio. Incluso la presencia del ser humano ayudaba a mantener limpios los bosques ya que la cocina necesitaba combustible y este se conseguía, como nos explica el protagonista de este post, recorriendo las inmediaciones del hogar.

En este fragmento, Petronilo (Leon, 1930) del centro de Betanzos, explica cómo recuerda él la cocina de su infancia:

 “La cocina que tenía de pequeño era  de una piedra de cantería grande, luego después una chapa de hierro que protegía esa piedra. Luego los famosos tres pies para cocinar y la leña, que nos hacíamos con ella de buenas o malas maneras. De rapaces nos decían: había que traer leña. Bueno, pues hay que ir a buscar leña a cualquier monte de por allí. De restos, de temporada. Cuando salías por cualquier sitio encontrabas. Además no te decían nada, salvo que estuvieras haciendo un desmadre te podían llamar la atención, pero si no, porque eso también era una limpieza que se hacía.”

 

El día de la tortilla

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Foto: Carmen Méndez Goás (1966)

En este fragmento, Carmen (Celeiro, 1939) del Centro de Viveiro, nos explica cómo se celebraba el día de la tortilla. Esta fiesta popular en Viveiro se hace el domingo anterior al Domingo de Ramos:

O dia das tortillas ven a ser o dia de San Lázaro, antes de domingo de Ramos. Pois onde se facía unha tortilla e a comiamos no campo. Antes pouco máis había que unha tortilla. Despois xa nos iamos facendo uns buñuelos, un “cake”… Mentres eramos chavaliñas íamos solas, nenas. Hasta estabamos na escola separados. Entonces, así que eramos máis grandes e había un rapaz que quería acompañarnos, nos pedía si podía vir na pandilla. Pasabámolo moi ben, era una festa típica de Viveiro. Inda hoxe se fai. Pero no íamos a “playa”, íamos todos ao campo. Faciamos churros toda a pandilla, faciamos buñuelos, faciamos tal, e todo isto era a escote. Se chovía comiámolo igual na casa, ou íamos a un café e no reservado comiamos a tortilla ou a tarta ou o que houbera.”