La Navidad de entonces

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“Aguinaldo en Asturias”. Grabado de J. Cuevas (1884-1930).

Una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura y que pasa menos desapercibida por nuestro vivir cotidiano son sin duda las Navidades. Esta celebración que se extiende desde la llegada del invierno hasta la recepción de un nuevo año (con visita incluida de tres foráneos engalanados con túnicas) trastoca de forma irremediable nuestra rutina. Hay quien la rechaza sin tapujos, quien la celebra de forma ñoña, quien la recibe de mal humor mientras dura o quien se tira sin remordimientos (o con ellos) en la telaraña que la sociedad de consumo le tiende maliciosamente. A veces cada uno de nosotros elegimos una forma u otra de transitar por estas fechas, pues si algo nos deja claro esta vida es que cuanto más nos empeñamos en teñir de blanco o de negro, lo que finalmente predomina es el gris. En cualquier caso, se acercan baches, y toca poner un poco de atención para sortearlos (sin dejar de disfrutar de la mejor forma que queramos).

Cuando llegas a una edad avanzada, además de hacerte mayor, eres un testigo presencial de los cambios que se han producido en tu cultura. De hecho, una cultura que no haya cambiado en 80 años se podría decir que está enferma o prácticamente muerta. Pero no siempre los cambios son bien vistos. En realidad, el ser humano, por norma general, se aferra a la rutina, intenta conservar su zona de confort y no adentrarse en zona desconocida. Se empeña en mantenerse rodeado de todo aquello que le de seguridad y coherencia de pensamiento. En este empeño conservador tiene mucho que ver nuestro cerebro, una máquina maravillosa pero llena de imperfecciones que tiene entre sus máximas ahorrar toda la energía posible para mantener su autonomía.

Resumiendo, cuando nos hacemos mayores predomina (no digo que sea así en todo los individuos) aquel pensamiento de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En esto la memoria juega también malas pasadas (otra vez el cerebro imperfecto) al recordar el pasado no como sucedió sino obviando principalmente los eventos negativos y conservando los positivos.  Además, es lógico que recordemos nuestra etapa de juventud y adolescencia como una etapa excitante y llena de emociones agradables, pues en la mayoría de los casos esta etapa fue precisamente eso.

Si a todo esto le añadimos que, con la llegada del Estado del bienestar, ciertos valores se quedaron por el camino para ver aflorar otros, no es de extrañar que haya una opinión predominante entre los mayores considerando que la Navidad no es lo que era y que el cambio no les ha traído más cosa que tristeza. Esta conversación del Centro de Viveiro trata sobre esto:

 

“Agora non hai nada. Todos salen co seu coche… É moi triste. Agora vivese mellor, todo o mundo vive ben pero non hai aquel espiritu da Navidad. Nin amor, nin ese compañerismo, nin ese aprecio, esa cousa que había. Antes ibamos a misa e xuntabámonos ao mellor sete ou oito no camin. E mira, ibamos falando. As chicas jovenes iban falando coa xente maior. E hoxe non. A xente nova vai sola e os maiores detrás. Levaban unha conversación co maior como se fosemos todos iguales. E agora non.”

Cuando preguntas a un mayor cómo eran antes sus Navidades, una de las cosas que predomina y que, según ellos ha ido perdiéndose, es el uso de la música durante todo el tiempo que duraban las fiestas. Primero en Nochebuena y Navidad, con villancicos y “panxoliñas” (de estas se sabe que en el s.XV ya se cantaban), y después se continuaba con cantos de Aninovo, los cantos a los Manueles y los cantos a los Reises.

Así pues la música, a falta de otros entretenimientos más tecnológicos, era la protagonista y venía a quedarse durante toda la celebración. Estas canciones se cantaban en las reuniones familiares improvisando con cualquier objeto como instrumento, pero también se iba por las casas, sobretodo mozos y mozas, pidiendo el aguinaldo: una recompensa por la actuación que podía recibirse en forma de alimentos o dinero. Cuando acababan de tocar, se hacía la repartición de lo ganado o se hacía una fiesta sólo para los más jóvenes. En la imagen de esta entrada, que forma parte de la fabulosa colección de grabados del dibujante asturiano José Cuevas, se recrea el momento en el que los niños reciben unos chorizos tras haber cantado el aguinaldo. Dicen que si la persona no colaboraba, existían composiciones que les criticaban con la intención de que todo el vecindario lo supiera:

“Cantámosche os  Reises

guedellas de cabra

Cantámosche os Reises

Non nos deches nada.

Esta casa é de palla,

esta casa non val nada…”

Enciclopedia La Voz de Galicia. Do Entroido ao Nadal.

El bache de la Navidad al que apelaba al principio, también se caracteriza por un exceso gastronómico. En estas fechas comemos y no paramos de comer. En la actualidad, es típico ganar algún kilo de más de forma que a partir de enero uno de los propósitos más frecuentes es apuntarse al gimnasio. ¿Pero antes se comía así? ¿Y se comía lo mismo? Pues cuando preguntas te das cuenta de que las cosas no son siempre como esperabas. Por ejemplo, el marisco no comenzó a llenar las mesas navideñas hasta entrados los años cincuenta. Algún alumno de MEMOGA me comentó que antes de esa fecha, un manjar tan preciado como es el percebe, se utilizaba para abonar los huertos. Tampoco se solía comer carne en Nochebuena y el plato más extendido solía ser era el bacalao con repollo o coliflor.

Según Xosé Ramón Mariño Ferro, en su libro “Antropoloxía de Galicia” estos eran algunos de los platos de aquella época:

Os pratos típicos da cea de Noiteboa non conteñen carne porque antano nas vésperas das festas gardaban abstinencia. En terras de Miranda o menu inclúe coliflor con bacallao, torradas de pan molladas en leite, fritas en manteiga e adozadas con azucre, e compota de pera con viño tinto. En Velle cean repolo con bacallao; en Verín, polbo, bacallao con grelos ou verzas e sopa de améndoas, a base de améndoas moídas fervidas en leite augado ó que lle agregan cachiños de pan frito en mantenga de vaca.

Os doces máis comúns son as papas de arroz, as sopas borrachas, as torradas, as compotas, os froitos secos, as castañas cocidas ou asadas.

O de Noiteboa é un banquete familiar. Celebrando a constitución da Sagrada Família, reúnense e comen xuntos os pais, os fillos e fillas solteiros que viven fora e as fillas casadas acompañadas do marido e dos nenos. Tamén se teñen em conta os ausentes, e deixanselles um sitio na mesa co seu correspondente prato.

En Castro Caldelas e outros lugares non recollen a mesa ata o día seguinte por se as animas veñen comer. Ás veces póñenlle-la comida na lareira para que non pasen frío.”

En el siguiente corte podéis escuchar lo que opinan los alumnos del Centro de Pontevedra sobre la Navidad, qué hacían y qué comían en esas fiestas cuando eran jóvenes.

 

Carmen (Meis, 1933) : “Íbamos a cantar por las puertas y luego pues te daban algo. Te daban Mucha nuez porque como se cogían en el campo, no la compraban tu te comías las nueces y te daban higos, higos pasos. En todas te daban algo pero también te daban un dinerillo y nosotros después, como íbamos con la pandilla pues íbamos a la repartición.”

Vidalina (Sanxenxo, 1940): “Lo que me gustaba a mí mucho en aquel tiempo es lo que hacíamos en nuestra parroquia en la Iglesia. Hacíamos un nacimiento. Uno se vestía de San José. Había unos profesores allí, los señores de Mendez y eran los que lo organizaban. Hacían como cuando nació Jesús, hacían los villancicos y luego iba todo el mundo allí. También recuerdo en mi casa, era una casa muy pobre, mi madre había quedado viuda con cinco hijos, no hay nada que decir en aquellos tiempos difíciles pero recuerdo un entrañamiento, un amor y una cosa que ahora no la veo, no existe. En la pobreza teníamos una pobreza pero bueno, lo dijimos aquí un día, el bollo en la lareda y unas manzanitas asadas, y unos pescaditos guisados que hacía mi madre muy bien con unas patatitas y era una cena de maravilla. Pero no se, aquello sabía a gloria.”

José (Vilasantar, 1948): “Yo hablar de marisco ni oí hablar hasta que tuve 20 años. En mi casa, una casa de aldea, de interior, de familia numerosa, eramos ocho hermanos de los que seis estábamos en casa más los dos padres. La cena de nochebuena era coliflor con bacalao y luego algo de turrón. Normalmente nos gustaba el duro que yo no sé que coño debía ser porque había que partirlo con martillo. El turrón duro es lo único que había. Por Reyes se formaban por allí por la parroquia unos grupos de gaitas y gente que le daba muy bien a cantar. Entonces iban a cantar por las casas y al mismo tiempo pedían un poco de aguinaldo. Y tengo el recuerdo de una vez en mi casa que estábamos de matanza y mi padre estaba con una camisa casi negra y como él no quería soltarles nada les dijo: ¡Non, aquí non cantedes que estamos de loito!”

Ahora que se acercan estas fechas y la gente se reúne con la familia no dejéis pasar la oportunidad de preguntar a vuestros mayores por todo esto. Os podrán decir cosas muy interesantes, como estas que nos cuenta Concha de Luneda y que confirman lo que hemos leído y escuchado en este post. Las imágenes están extraídas del programa “Alalá” de la TVG que se emitió en diciembre del año 2006.

¡Feliz Navidad a tod@s!

“A cada cerdo le llega su San Martín”

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Foto: Propiedad de Carmiña Tinoca. Autor: Xosé Vázquez Arias “O Rizo” Fuente: www.aquelacelanova.es Localización: Rúa de Abaixo (Celanova) c.a 1960

Tarde o temprano llega el momento. No es agradable para los habitantes de la casa porque quien más o quien menos le ha cogido cariño a ese animal que te mira y parece que piense. Desde que lo adquirimos en la feria, hemos estado durante casi un año alimentándolo bien para que se cebara, le hemos dado paseos por la “eira” y le hemos tratado a cuerpo de rey. Hasta le hemos puesto nombre y lo hemos protegido de la envidia y el mal de ojo poniendo un amuleto en su corte. Pero todo 11 de noviembre llega. Ya comienza a hacer frío y en casa, la familia, necesita un aporte extra de proteína en la alimentación para hacer frente al invierno que se acerca y que no sólo se puede pasar con un caldo de verduras o unas castañas con leche. La despensa ya no tiene chorizos, el lacón se acabó hace tiempo y del jamón solo queda un hueso rancio que hará su última función sumergido en el último caldo que por no llevar ya no lleva ni unto.

Es por esto, porque el hambre aprieta, por lo que nuestro apreciado cochino pasará a mejor vida y nos dará, con su sacrificio, la vida que le quitamos. El día de matanza será una fiesta, invitaremos a familiares y haremos filloas de sangre, a ver si así evitamos que los más pequeños acaben con anemia, que están en tiempo de crecer y no siempre reciben la mejor alimentación.

Hablar de la matanza con los alumnos de MEMOGA es una experiencia donde siempre aprendes. Ellos vivieron esos años donde se mataba para comer y cualquier sacrificio del animal de la casa estaba justificado pues eran muchas las bocas que alimentar. Era necesario llenar la despensa sobretodo en una estación del año donde no era fácil encontrar alimento.

El audio de este Post dura bastante tiempo, lo reconozco. Es del Centro de Betanzos, en un día que vinieron pocos alumnos: en la conversación sólo participan Rosario (Coirós, 1931) y Felipe (Oza de los Ríos, 1937). Quizás gracias a ello la conversación se hizo más fluida y nítida. Es así como pude saber que si el matarife no era muy diestro en su faena el cerdo podía arrancar a correr con el cuchillo clavado, que los cerdos comían todo lo que pudieran y más con tal de llegar cebados a su sacrificio, que del cerdo todo se aprovecha, conocí la diferencia entre sebo y unto, o la manera de hacer que un jamón no se echara a perder por culpa de la dichosa mosca.

Este audio es muy largo pero no he visto por donde recortarlo, todo me parecía interesante, por eso lo cuelgo tal cual. De esta forma, os podéis hacer también una idea de como era la parte inicial de una sesión de MEMOGA, en la que conversábamos sobre el tema del día apoyados en material visual (fotos) y también material oral (textos sobre el tema que introducía dentro de las conversaciones para estimular el recuerdo de los participantes). Para haceros más amena la escucha os muestro parte de ese material gráfico que me servía de apoyo para reconducir la sesión. Disfrutadlo.

 

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La cocina

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Foto: Ksado

La cocina que calentó a los gallegos de la primera mitad del s.XX no difiere mucho de la que lo hizo en los siglos anteriores. Aquella estancia, donde se cocinaba, se comía y se entraba en calor, era el principal lugar de reunión para los integrantes de extensas familias. Allí se explicaban historias, se cantaban canciones y se hablaba de cómo había ido el día.

Una de las cosas que más admiro de la vida rural de aquella época es la poca cantidad de residuo que se generaba, o más bien, la forma como el hombre se integraba en el medio natural sin apenas afectar su equilibrio. Incluso la presencia del ser humano ayudaba a mantener limpios los bosques ya que la cocina necesitaba combustible y este se conseguía, como nos explica el protagonista de este post, recorriendo las inmediaciones del hogar.

En este fragmento, Petronilo (Leon, 1930) del centro de Betanzos, explica cómo recuerda él la cocina de su infancia:

 “La cocina que tenía de pequeño era  de una piedra de cantería grande, luego después una chapa de hierro que protegía esa piedra. Luego los famosos tres pies para cocinar y la leña, que nos hacíamos con ella de buenas o malas maneras. De rapaces nos decían: había que traer leña. Bueno, pues hay que ir a buscar leña a cualquier monte de por allí. De restos, de temporada. Cuando salías por cualquier sitio encontrabas. Además no te decían nada, salvo que estuvieras haciendo un desmadre te podían llamar la atención, pero si no, porque eso también era una limpieza que se hacía.”