Iste vaise e aquel vaise

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Foto: Manuel Ferrol (Coruña, 1957)

Abandonar la tierra donde naciste y creciste para buscar un futuro mejor. Esta ha sido una práctica muy común en Galicia desde hace siglos. No en vano existe la expresión de que hay gallegos hasta en la luna. Pese a no haber colonizado aún nuestro satélite, los destinos elegidos por nuestros antepasados han sido numerosos y diversos: Cuba, Argentina, Uruguay, Alemania, Suiza… Exceptuando casos donde se produjo un exilio por causas políticas, la principal motivación del emigrante fue buscar un futuro próspero, lograr en otro lugar lo que no se conseguía en la propia tierra: un trabajo donde poder tener éxito económico que permitiera un retiro holgado, a ser posible, en la Galicia natal.

No hay una sola causa en este gran éxodo de población. Fueron responsables de ello el gran crecimiento de la población (en la zona rural la gran mayoría de familias eran muy numerosas), el déficit económico y productivo (no había apenas dónde trabajar) o la cultura caciquil (auténticos traficantes de influencias y abusadores de poder). Lo cierto es que no quedaba otra que marchar. Se inició paulatinamente, de forma temporal al inicio y más tarde permanentemente. Un sangrado continuo de población que aún hoy, en nuestros días, continúa.

Según la época, los destinos fueron también muy diversos. Antes de la gran época de los transportes transoceánicos, el destino de los gallegos fue intrapeninsular. Sobretodo a la zona castellana para realizar labores agrícolas como la siega. Era una emigración temporal llamada “anduriña” que afectó sobretodo a la población de Lugo y Orense y que se prolongó en el tiempo hasta bien entrado el s.XX.

En el siguiente poema de Rosalía de Castro se puede apreciar la dureza de los trabajos que tuvieron que soportar:

 

 

Los desplazamientos hacia el Nuevo Mundo tuvieron su máximo esplendor entre finales del s.XIX y principios del s.XX. Hay una serie de países que alojaron más emigrantes gallegos, quizás por el efecto llamada. Entre ellos encontramos Cuba, Argentina, Brasil o Venezuela. En ellos, aún hoy, podemos encontrar amplias colonias galaicas que en su momento tuvieron una importante repercusión en la sociedad de aquellos países.

En los años 30 del s.XX, coincidiendo con la depresión económica de 1929 y el inició de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, el flujo migratorio se invirtió y muchos de los que marcharon se convirtieron en retornados.

Los años de la postguerra, caracterizados por la miseria y la precariedad elevó de nuevo las partidas hacia América, pero a partir de los 60, los emigrantes cambiaron sus destinos. Ya no marchaban a ultramar, sino que escogían otros países más cercanos que permitieron combatir el desarraigo al poder venir en vacaciones a la tierra natal. Los principales destinos para los gallegos de entonces fueron Alemania, Suiza y Reino Unido,  además de Holanda, Bélgica y Francia.

Los alumnos de MEMOGA también sufrieron en sus carnes o por conocidos los estragos de la emigración. En la grabación que aparece abajo, Rosario (Coirós, 1931), del Centro de Betanzos, nos explica cómo fue su experiencia cuando marchó junto a su marido al Reino Unido para trabajar de sirvientes en una familia acomodada.

 

La siguiente riada emigratoria, la que afectó a partir de los años 70, tuvo como destino comunidades autónomas de la península que gozaban de mayor prosperidad. País Vasco, Cataluña, Madrid… Era una época donde había una gran demanda de empleo, lo que hizo que muchos integrantes de la misma familia marcharan a la misma zona, produciendo de nuevo, el correspondiente efecto llamada.

Conozco una anécdota relacionada con este último punto que viene a demostrar la dimensión de este efecto llamada. Se produjo un verano que acudí junto a un compañero de “Cantigas e Agarimos” a realizar una “recollida” por la zona de los “Ancares”. Por “recollida” se entiende una forma de registrar en vídeo los cantos y bailes característicos de una zona. En definitiva, un estudio de campo etnomusicológico. Pues bien, paseando por los diferentes pueblos de los Ancares, en pleno mes de agosto, me llamó mucho la atención ver un gran número de taxis de Barcelona aparcados en las casas. Está visto que, en aquellos años, cuando alguien de la zona marchó a la capital catalana, y viendo que prosperaba, muchos otros decidieran (por imitación o parentesco) probar la misma suerte. Resultado: concentración rural de taxis blancos y amarillos en pleno agosto.

De lo que sí goza Galicia es de una ferviente actividad cultural en la diáspora. La Galicia exterior, muy tenida en cuenta en las partidas presupuestarias (no en vano, también son votos), cuenta con numerosos grupos que han querido mantener viva la cultura propia o la de sus antepasados.

Ya en la mitad del siglo pasado, con la llegada de los exiliados políticos, la actividad cultural y política creció notablemente, como continuación de la labor que se estaba desarrollando en la Península en los años precedentes a la Guerra. Se fundaron Patronatos de Cultura en diferentes países, se crea el “Instituto Arxentino da Cultura Galega” y el “Consello de Galiza” de carácter político. La producción cultural fue amplísima: programas de radio en gallego, conferencias, publicaciones de libros y revistas…

Las editoriales fundadas por los emigrantes permitieron que salieran a la luz pública sus creaciones literarias y de investigación, ensayos políticos, las obras de los clásicos, etc.
Las revistas se convirtieron en uno de los medios de comunicación más común en las colectividades gallegas, además de algunos periódicos: Galeuzka (1954, Buenos Aires), Vieiros (1959, México) y Galiza Emigrante.

Argentina jugó el papel de capital espiritual de Galicia. Allí se realizó un enorme trabajo de la mano de hombres de la talla de Castelao, Blanco Amor, Luis Seoane, Lorenzo Varela, Rafael Dieste o Lois Tobío.
A la radio se le sacó mucho provecho para la difusión de los valores culturales gallegos y del pensamiento galleguista. En Montevideo, el 3 de setiembre de 1950 salió al aire por vez primera el progama “Sempre en Galiza”, emitido íntegramente en gallego.

El paso del tiempo va siendo testigo del nacimiento de asociaciones, “irmandades”, sociedades y centros que reúnen los emigrantes gallegos como colectividad con carácter propio. El objetivo básico de estas agrupaciones es la protección de sus asociados frente a las grandes dificultades que se les presentaban en un medio ajeno. Sería interminable la lista de Centros y Casas de Galicia hoy activas a lo largo de la geografía.

El portal Galicia Aberta creado por la Secretaría Xeral de Emigración de la Xunta, nos puede dar una buena idea de ello.

Y como final de post: música de Fuxan os Ventos. Su canción, “iste vaise e aquel vaise” que ha dado título a esta entrada refleja una vez más la dureza y el desarraigo que genera tener que marchar lejos de la tierra que te vió nacer.

 

 

 

 

El Pasatiempo

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Entre aquellos gallegos que atravesaron el océano Atlántico en busca de oportunidades, hubo quien consiguió hacer grandes fortunas. Muchos de estos continuaron viviendo en su lugar de acogida hasta el final de sus días, aprovechando un estilo de vida que nunca hubieran imaginado poder vivir. Otros sin embargo, retornaron a su lugar de orígen y construyeron edificaciones muy diferentes a las tradicionales, con una gran palmera en el jardín, anunciando así su estatus de “Indiano”. Estos retornados podían mostrarse ostentosos, recordando a sus convecinos cada día la dimensión de su fortuna, o por el contrario, podían contribuir al desarrollo de aquella aldea que abandonaron de jóvenes, escapando de la pobreza y de la falta de oportunidades.

Este último caso es el de los hermanos Juan María y Jesús García Naveira. Nacidos en el seno de una familia “labrega” de Betanzos, marcharon a Argentina en 1869 y 1871 respectivamente. Con apenas 20 años se lanzaron a la aventura de la emigración, buscando horizontes de éxito y prosperidad. Lo lograron. Al cabo de otros 20 años, en 1893, estaban de vuelta en España. Desde esa fecha, intentaron contribuir al desarrollo social de su población con la aportación de varios proyectos que sin duda, dieron un gran impulso a Betanzos. La situación por aquel entonces era de gran precariedad. Existía mucho analfabetismo y poco empleo. Tampoco existían instituciones que acogieran a los más desfavorecidos. Es por ello que se construyeron una serie de edificaciones que buscaban solventar estas problemáticas. Por supuesto, en la construcción de las mismas participaron los propios betanceiros, con lo que también se contribuyó a aumentar el empleo. Entre estas edificaciones se contaba con dos lavaderos, un refugio para personas con discapacidad física, un sanatorio, escuelas municipales, una “Casa del Pueblo” y un parque de recreo denominado “El Pasatiempo”, el cual servía a su vez como fuente de ingresos para su mantenimiento propio y el de las otras instituciones construidas.

El precio de la entrada al parque que pagaban turistas y foráneos (se comenta que los vecinos de Betanzos tenían la entrada gratuita) y la venta de postales como la de la imagen (se vendían al precio de una peseta en 1915), era el dinero que servía para la manutención del Parque y la “Obra Social” de los Hermanos.

Este parque no se construyó de un día para otro. A lo largo de los años se fueron añadiendo zonas y escenarios que solían inspirarse en viajes por el mundo que realizaban los hermanos. Esto fomentó la creación de un lugar mágico, una especie de parque temático que en su época de esplendor atrajo muchos visitantes.

Las épocas de esplendor suelen anteceder a épocas de decadencia. Y esto es lo que ocurrió con el parque. Uno de los hermanos murió antes de los previsto en 1912, el otro lo hizo ya entrado en años en 1933. A partir de ahí, no hubo relevo y el parque inició su decadencia. Es por ello que los alumnos de MEMOGA del centro de Betanzos, al rebuscar entre sus recuerdos de infancia, rememoran un parque abandonado, ruinoso y decadente. Un escenario a donde se acudía a jugar, hacer travesuras, darse el primer beso y, seguramente, realizar algún tipo de acción vandálica.

A pesar de todo ello, el Pasatiempo resistió el paso del tiempo. Yo lo conocí precisamente en 2008, el año que impartí MEMOGA en Betanzos y tengo que reconocer que pasear por él me produjo una mezcla de sentimientos encontrados. En primer lugar sentí esa suerte de fascinación que te aborda cuando pisas un lugar ruinoso, testigo del pasado que se ha quedado parado como un reloj antiguo con el mecanismo roto. No me costó trabajo transportar mis sentidos 100 años atrás y dar rienda suelta a la imaginación. En ese sentido, fue un descubrimiento muy inspirador.

Por otra parte, me abordó algo similar a la nostalgia, una especie de tristeza que, si bien es dolorosa de forma ténue, me permitía apreciar la belleza de aquel lugar y transformar el dolor en poesía. Esto conecta sin duda con el concepto de romanticismo. Me pregunto cuantos antes que yo, han ido allí a contemplar la belleza estática que el transcurso de los años esculpe en escenarios como este. Al respecto, creo que es muy acertado el nombre de “Pasatiempo”.

Y finalmente tuve otro sentimiento, en este caso menos noble, al contemplar ciertas esculturas que se me antojaban “cutres” o mal logradas. Era un sentimiento ridiculidizador parecido al que te aborda cuando visitas un parque de atracciones antiguo y ves las paradas y los diferentes artilugios obsoletos y decadentes.

Aquel descubrimiento me alentó a introducir el tema del parque en el aula el día que hablamos de “Divertimentos en la edad adulta”. Y esta es la conversación que se generó:

 

Tengo que reconocer que mi descubrimiento del “Pasatiempo” ha dejado una placentera impronta en mi memoria. Y os puedo asegurar que este primer descubrimiento ha vuelto a renacer cuando he buscado por internet información al respecto para escribir esta entrada. La idea de escribir sobre ello nació precisamente al conocer uno de los lectores de este blog: José Souto. Él contactó conmigo en Instagram explicando que existe una Asociación de Amigas del Parque del Pasatiempo que luchan a diario por mantener en pie esta joya del pasado. Podéis consultar su blog personal en este enlace.

Conocer a José y su labor me llevó a conocer otro blog que es sin duda el referente obligado para todo aquel que quiera investigar sobre el “Pasatiempo”. A pesar de que no he podido ver por ningún lado (quizás no lo he visto bien) quien es el autor del mismo, no dudaría que José fuera el responsable dada la implicación que ha demostrado en este monumento. Este es el enlace del blog. En él he descubierto gratamente de nuevo el parque que visité en 2008 y he podido conocer un gran número de curiosidades y datos muy bien documentados.

También, a través del blog, puedes consultar el horario de visitas y descubrir, tristemente, que actualmente el parque se encuentra cerrado. Un derrumbamiento reciente (el enésimo ya) es el causante de mantener el parque más solitario, si cabe, que en años anteriores.

Aunque tal vez, si se trata de buscar culpables, deberíamos investigar por qué razón no se invierte más en mantener el patrimonio histórico de Galicia. A pesar de la labor bien intencionada de la gente del pueblo, no se podrá lograr la preservación en su totalidad  de joyas como el “Pasatiempo”, sin la intervención de quien tenga más poder e influencia. Y la cosa es urgente porque el tiempo no perdona.

 

Falcatruadas

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Esta foto pertenece a Xosé Veiga Roel y se titula FALCATRUADA. Me encanta esta palabra en gallego. Su traducción viene a ser algo así como “travesura”, las que solían realizar los niños en su descubrimiento del mundo y de sus normas. Travesuras que podían tener un buen o mal recibimiento por parte de sus víctimas aunque en ello también radicaba la emoción.

La violación de una norma, de forma moderada, es una acción necesaria y sana por parte de los integrantes de toda sociedad. Que uno o varios días al año se de licencia para realizar ciertas locuras que escapan del orden establecido ayuda a romper con la monotonía y, aunque parezca mentira, a establecer mejores lazos de unión entre la comunidad.

En el ámbito de nuestra Galicia rural, las fechas más propicias para estas bromas solían ser las del Carnaval (cualquiera que conozca el “Entroido” de Ourense podrá dar fe de esta afirmación) pero también se daban en la noche de San Juan cuando se permitían ciertos actos de vandalismo. Por ejemplo, que tu carro o la verja de tu casa desaparecieran de su sitio habitual para hacerlo en cualquier inhóspito o inaccesible lugar de la parroquia. Pero quizás, el día más extendido para las bromas sea precisamente el de los Santos Inocentes, y no deja de ser paradójico, pues según la Biblia, ese día se conmemora la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén con la intención de así acabar con la vida del niño Jesús. Imagino que nada mejor para recordar tal masacre que hacerlo con un acto inocente (la broma) que es característico de los niños y que está cargado de sano humor. Inteligente y creativa forma de reivindicar, quizás deberíamos tomar ejemplo para aplicarlo en las manifestaciones de nuestro mundo actual.

Todos tendréis en mente la broma del famoso monigote que se pegaba en la espalda de viandantes despistados. Pero en la Galicia Rural se realizaban otras como por ejemplo inventar noticias falsas que causaran disgusto o noticias buenas que generaran decepción al descubrir que eran mentira. También se engañaba para que alguien acudiera a algún sitio sin que realmente hiciera falta o se le obligaba a realizar un fatigoso trabajo que luego era totalmente inútil. Había quien clavaba monedas en el suelo o le ataba un hilo a un billete para que quien lo encontrara se llevara un chasco o quien rellenaba paquetes con cosas pueriles y hasta asquerosas para que quien lo abriera se acordara de su madre.

A continuación escucharéis y leeréis ejemplos de las bromas que los alumnos de MEMOGA recuerdan de su infancia y juventud, esa época mágica e inocente que todos los niños del mundo deberían poder vivir con plenitud sin que ni un solo “Herodes” se la arrebate.

“A mi me hicieron una buena. Trabajábamos para un abogado que era
de Vigo y tenía una huerta enorme. Todos los días le llevábamos la leche.
Ese día, en vez de cargar leche nos metieron piedras. Yo le decía
a mi compañera: ¿será posible que pese tanto la leche hoy? Al rato
nos paramos para mirar lo que llevábamos y vimos la tina toda llena de
piedras”. Carmen (Pontevedra, 1944)

“Fixemos unha vez unhas roscas feitas coas cabezas dos nabos. Parecían
roscas e iámolas dando. Estaban rebozadas e parecían roscas
de verdade. En canto as metían na boca… “. Regina (Viveiro, 1925)

La siguiente audición pertenece al Centro de Ourense, en ella Elena (1934) explica una que hizo ella cuando era niña:

“E resulta que por Santos Inocentes, faciamos unha caixiña moi preparadiña e se cadra ibamos ao primer piso o ao segundo: Mire, está a señora abaixo e díxome que lle traiga este regaliño. ¿E como se chama? Pois non sei. Díxome, nena, fas o favor, subes arriba ao segundo piso e dáslle esta caixa. Díceslle que e dunha amiga. ¿E que iba na caixa? Pedras, hasta con permiso basura. Bueno. E despois nós sorriamos e diciamos, ay, Dios mío, cando abriran e que vexan… As veces nos daban unha cadela ou can de propina.”

Y en el Centro de Lugo también se habló del tema, es lo que escucharéis en este otro corte de audio:

“En tempos o periódico traía sempre unha inocentada. Houbo unha que en la epoca de Jorge Negrete, resulta que salía que chegava as 12 da mañá no tren á estación o dichoso Jorge Negrete. E todas as mulleres de Lugo estiveron alí na estación espera que te espera e Jorge Negrete non chegou e ainda non chegou. E fixeron outra, que se falaba que iban poñer un carrillón na catedral e que xa poñeran o carrillón e que as 12 da mañá se inaguraba e toda a plaza de Santa María chea mirando si tocaba o carrillón.” Antonio (Lugo, 1933)

Lo que dice Antonio sobre Jorge Negrete se puede corroborar en el blog de Paco Rivera donde se comenta la que se armó en los años cincuenta con esta inocentada. Además de aquella, hubo otras relacionadas con la Catedral como la que comenta Antonio o aquella otra, con fotomontaje incluído, que anunciaba que las torres de la catedral de Santa María habían caído. Al respecto, parece que anunciar la caída de torres también era bastante habitual, pues otra alumna del centro de Betanzos me comentó que a ella le habían intentado “colar” que la torre de Hércules se había caído.

Dado que el 28 está al caer, tened mucho cuidado con vuestra inocencia y a disfrutar de esta tradición que aún sigue latente en nuestros días.

Pasar más hambre que un maestro de escuela

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Foto: Pedro Brey Guerra // Fuente: tabeirosmontes.com

Mirad esta foto. Fijaos en sus protagonistas, niños y niñas que miran a la cámara. ¿Qué pensarían en ese momento? ¿Se imaginaban tal vez que 100 años después completos desconocidos podríamos estar mirándoles a los ojos? Hay algo mágico en todo esto. ¿No creéis?

No os perdáis ninguna de sus expresiones. Cada mirada, cada cabeza alberga un mundo, una forma personal de entender y percibir la realidad que les tocó vivir. Vidas que estaban comenzando, que confluyeron en aquel aula durante el tiempo que duraron sus estudios. Vidas que siguieron su propio camino a lo largo de los años. Unas se truncaron prematuramente, otras fueron exitosas y placenteras, otras solo conocieron el sufrimiento, otras fueron tan dilatadas que prácticamente abrazaron el s.XXI. Hoy nadie de ellos existe. Lo podemos decir con total seguridad. ¿Sí?, ¿seguro?¿No podría ser que hablar de ellos, tenerlos presentes, mirarles a los ojos e imaginar sus vidas haga, en parte, que sigan vivos? Vivos de alguna forma, a pesar de todo.

Lo que sí es cierto es que durante toda su vida terrenal, estas personas tuvieron algo en común, algo con lo que viajaron y que se mantuvo presente en sus cerebros prácticamente hasta su final: el nombre de su profesor. Ese referente que les instruyó y que les enseñó aquellos conocimientos básicos para labrarse un futuro. Es posible que el nombre que estuviera grabado en los cerebros de los protagonistas de esta imagen fuera el de Pedro Brey Guerra (1889-1967), un maestro aficionado a la fotografía que retrató, a lo largo de su vida, las personas que formaron su entorno más próximo en su Estrada natal. En el siguiente enlace podéis conocer su biografía además de contemplar fotos como la de arriba.

Tal como dice el título de esta entrada, ser maestro en aquellos años significaba estar dispuesto a pasar ciertas penurias ya que el sueldo no era lo más atractivo de la profesión. Si además hablamos de una escuela rural, el profesor tenía que exponerse a ciertos contratiempos como podían ser: no contar con la infraestructura más adecuada, tener que atender a un número muy elevado de alumnos con niveles y edades diversas, sufrir absentismo en aquellos meses en que las labores del campo eran más activas… Precisamente, podemos hacernos una idea de esto al leer el siguiente párrafo que pertenece al informe que elaboraron los inspectores que visitaron la escuela rural de Arnois cuando estaba ejerciendo de maestro Pedro Brey allá por el año 1921:

“O ensino encontrase en estado satisfactorio, aínda que dificulte moito o labor do mestre o excesivo número de alumnos e as pésimas condicións do local… Inservible para o obxecto, mal iluminado e con mala ventilación, sen patios de recreo, nin lavabos, nin retretes, cunha soa dependencia de 8,5 por 3,5 por 2,15 metros. Cun presuposto total de 2.750 pesetas ao ano, incluído o soldo do mestre. Cun número total de 130 alumnos matriculados, sistema mixto, de idades entre 8 a 12 anos; que teñen que percorrer camiñando, desde a súa casa á escola, até 4 km de distancia, e que asisten irregularmente a clase porque axudan nos labores do campo. E 28 alumnos de entre 14 e 31 anos, labradores de profesión predominante. Escola situada nun val, na estrada de Ourense a Santiago. Zona de industria e comercio moi escaso, e bastante emigración”

La siguiente foto podría representar con total acierto la escena que acabáis de leer:

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Foto: Pedro Brey Guerra // Fuente: tabeirosmontes.com

En MEMOGA hablamos largo y tendido sobre la escuela. Lo vivido en esos años es algo que permanece guardado en la memoria y que se recuerda con agrado. Es curioso (podéis hacer la prueba con vosotros mismos) la potencia del recuerdo para nombres de profesores y compañeros de escuela. De la misma forma que comentaba que los niños de la fotografía podían tener grabado a fuego el nombre de ese referente que fue su maestro, nosotros no somos tan diferentes de ellos, a pesar de la distancia temporal que nos separa.

En el siguiente corte de audio, Rosario del Centro de Betanzos (Coirós, 1931), recuerda con nombres y apellidos las que fueron sus profesoras y rememora con detalle su escuela.

 

La Guerra Civil truncó la educación de muchos alumnos en edad escolar. El conflicto bélico obligaba a muchos profesores a marcharse, a esconderse. Ya fueran monjas o curas, ya fueran profesores sin condición religiosa, pensar de una forma u otra era un peligro ante mentes obcecadas y llenas de odio. Quien mantuvo su posición, a pesar de todo, llevó hasta el final su labor educativa:

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“La última lección del maestro”. Alfonso Manuel Rodriguez Castelao.

Todos conocemos más o menos cómo era la enseñanza una vez se instauró el Régimen a partir de 1940. Como en toda dictadura, la educación se orientó para transmitir a las nuevas generaciones una forma de ser y de entender el mundo condicionado a los valores de la propia dictadura. Por ejemplo, se intentó erradicar el idioma gallego del aula aún sabiendo que muchos de los alumnos (sobretodo en el rural) se expresaban habitualmente en esta lengua. Para muchos de ellos esta obligación de expresarse en un idioma que no dominaban (el castellano) favoreció sin duda su fracaso escolar. Esto  es un hecho que me constataron muchos de los alumnos de MEMOGA pero que también pude comprobar cuando leí “Memorias dun neno labrego”.

Y a pesar de todo, las condiciones de las escuelas rurales bien entrada la segunda mitad del s.XX continuaban siendo casi tan precarias como la de Pedro Brey. En el siguiente corte, MªCarmen (Pontedeume, 1942), del Centro de Pontedeume que trabajó de profesora, nos explica su experiencia profesional en una escuela de Puente Nuevo (actual Pontenova) en la provincia de Lugo.

Los profesores, como se puede comprobar en este audio, no contaban tampoco en 1963 con un gran sueldo. Parece que el título de este post les ha ido acompañando a lo largo del s.XX cual losa pesada. Es de suponer que la profesión les aportaría otra retribución de carácter no económico que supliera la carencia. De lo contrario, haría mucho tiempo que la profesión de maestro se habría extinguido.

“A cada cerdo le llega su San Martín”

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Foto: Propiedad de Carmiña Tinoca. Autor: Xosé Vázquez Arias “O Rizo” Fuente: www.aquelacelanova.es Localización: Rúa de Abaixo (Celanova) c.a 1960

Tarde o temprano llega el momento. No es agradable para los habitantes de la casa porque quien más o quien menos le ha cogido cariño a ese animal que te mira y parece que piense. Desde que lo adquirimos en la feria, hemos estado durante casi un año alimentándolo bien para que se cebara, le hemos dado paseos por la “eira” y le hemos tratado a cuerpo de rey. Hasta le hemos puesto nombre y lo hemos protegido de la envidia y el mal de ojo poniendo un amuleto en su corte. Pero todo 11 de noviembre llega. Ya comienza a hacer frío y en casa, la familia, necesita un aporte extra de proteína en la alimentación para hacer frente al invierno que se acerca y que no sólo se puede pasar con un caldo de verduras o unas castañas con leche. La despensa ya no tiene chorizos, el lacón se acabó hace tiempo y del jamón solo queda un hueso rancio que hará su última función sumergido en el último caldo que por no llevar ya no lleva ni unto.

Es por esto, porque el hambre aprieta, por lo que nuestro apreciado cochino pasará a mejor vida y nos dará, con su sacrificio, la vida que le quitamos. El día de matanza será una fiesta, invitaremos a familiares y haremos filloas de sangre, a ver si así evitamos que los más pequeños acaben con anemia, que están en tiempo de crecer y no siempre reciben la mejor alimentación.

Hablar de la matanza con los alumnos de MEMOGA es una experiencia donde siempre aprendes. Ellos vivieron esos años donde se mataba para comer y cualquier sacrificio del animal de la casa estaba justificado pues eran muchas las bocas que alimentar. Era necesario llenar la despensa sobretodo en una estación del año donde no era fácil encontrar alimento.

El audio de este Post dura bastante tiempo, lo reconozco. Es del Centro de Betanzos, en un día que vinieron pocos alumnos: en la conversación sólo participan Rosario (Coirós, 1931) y Felipe (Oza de los Ríos, 1937). Quizás gracias a ello la conversación se hizo más fluida y nítida. Es así como pude saber que si el matarife no era muy diestro en su faena el cerdo podía arrancar a correr con el cuchillo clavado, que los cerdos comían todo lo que pudieran y más con tal de llegar cebados a su sacrificio, que del cerdo todo se aprovecha, conocí la diferencia entre sebo y unto, o la manera de hacer que un jamón no se echara a perder por culpa de la dichosa mosca.

Este audio es muy largo pero no he visto por donde recortarlo, todo me parecía interesante, por eso lo cuelgo tal cual. De esta forma, os podéis hacer también una idea de como era la parte inicial de una sesión de MEMOGA, en la que conversábamos sobre el tema del día apoyados en material visual (fotos) y también material oral (textos sobre el tema que introducía dentro de las conversaciones para estimular el recuerdo de los participantes). Para haceros más amena la escucha os muestro parte de ese material gráfico que me servía de apoyo para reconducir la sesión. Disfrutadlo.

 

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El Magosto

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Foto: Recolectando castañas de los “ouriceiros”. San Antolín de Ibias, c.a 1930. Walter Ebeling.

En Galicia hay castaños centenarios que, si pudieran hablar, nos explicarían con todo detalle escenas como la que se puede apreciar en la imagen. Durante generaciones, los gallegos, y en general, todos los habitantes de la cornisa cantábrica, se dirigían al bosque por estas fechas con la intención de recolectar un alimento que formaría parte de su dieta básica durante todo el invierno. Los castaños que habitan los bosques han sido testigos de esta tradición que se repite cada otoño y que contaba con una importante organización, pues de llevarla a cabo con éxito o no dependía el poder pasar los rigores del invierno con el estómago más o menos lleno. En el siguiente corte de audio, José, del Centro de A Coruña y natural de As Nogáis (Lugo), nos relata como era esta escena anual, en la que los hombres se dedicaban a subir a los castaños y sacudirlos con varas para hacer caer los erizos que después, y con la ayuda de las mujeres, se recogían y depositaban en los “ouriceiros”.

 

José (As Nogáis, 1936): “Lle chamaban ouriceiros e eran una especie de fornos cerrados, o sea, unos círculos, como un depósito. Alí sacudíanse as castañas, se botaban en aqueles ouriceiros e alí curtían. Chovía por elas. Poñíaselles por encima unhas ramas para que pasara a auga e os ourizos ían pudrindo, sen estropear a castaña porque a cascara da castaña e moi dura e non lle afecta aunque esté húmida. Hasta que estaban curtidas. Para despois sacalas cando pasaba cerca de un mes, despois de chover en elas. Entonces se estendían. Ao redor do ouriceiro normalmente era un sitio raso. Non había parte leñosa. E alí se estendía e entonces dúas ou tres persoas os pisaban porque os ourizos estaban blandiños e ían quedando. Despois cunha especie de horquilla se ían arrastrando, se ían movendo, quitándolle os ourizos e quedaban case limpas.”

“Aquello era una juerga, empezaban a cantar en los árboles los hombres y las mujeres. Sobretodo eran los hombres los que subían a los árboles a sacudir. Yo no sé si era para disimular el miedo, pero se cantaba siempre. Las chicas iban para apañar los ourizos y los metían en los ouriceiros”.

Aparte de las castañas que se quedaban en los “ouriceiros” para curtirse y ser recogidas al cabo de un tiempo, había otras que marchaban para casa, metidas en cestos. En la siguiente imagen podemos apreciar esa escena. En este caso, la pareja se dirige a su casa con el cesto lleno a la cabeza, barruntando quizás sobre cual será la mejor manera de consumirlas, si asadas, cocidas, con leche, o simplemente crudas.

Foto: A Ermida, A Pastoriza, c.a 1930. Walter Ebeling.

 

Lo cierto es que, después de hablar con todos los alumnos de MEMOGA me quedó clara una cosa: antiguamente no se celebraba el Magosto un día en concreto como ocurre hoy en día. La época de castañas, gracias a las diferentes formas de conservarlas se podía prolongar durante todo el invierno, así que se consumían siempre que se podía. Podríamos decir que por Magosto se entendía toda aquella celebración donde hubieran castañas de por medio pero esta no tenía que ser precisamente el día 31 de octubre. Sobre este tema hablamos en el siguiente corte de audio, que fue registrado en el  Centro de Betanzos:

 

Rosario (Coirós, 1931): “En Espenuca vivían los Corrales y se recogía el maíz. Lo echaban en un arcón e íbamos los vecinos todos a ayudar a deshojar el maíz y al final ellos nos hacían un magosto.”

Felipe (Oza de los Ríos, 1936): “En mi parroquia las castañas se usaban como medios de sobrevivir, más que como fiesta. Es decir, se comían a diario cuando las habían. Cuando las había se aprovechaban todas, no se perdía una castaña. Ya podía estar el castaño donde fuera que no se perdía.”

Petronilo (León, 1930): “En la calle de Nuestra Señora, la que va al cementerio, había antes de llegar a la iglesia, en las tres casas anteriores había un campito adosado a las viviendas que tenía castaños. Ya las que cogíamos en el suelo ya no podíamos esperar a que cayeran ni tirarlas porque había muchas. Pero se comían todas y aún faltaban castañas.”

Como habéis podido escuchar en el audio, existen muchas formas diferentes de consumir las castañas. En el libro Antropoloxía de Galicia de Xosé Ramón Mariño Ferro podemos encontrar alguna idea más:

“Para cocelas, primeiro destónanas e logo bótanas nunha pota con auga e fiúncho ou nébeda. Nalgunhas casas cócenas nun pote especial, panzudo e máis ou menos grande, e alí, a carón do lume, quedan ata que se acaban; cando algúen ten fame, achégase ó pote e come. Escórrenas nun cesto, nun cribo ou nun escoadoiro destinado a ese fin. Ás cocidas coa casca chámanlles zonchos. En Mondoñedo adoitan enfialos en colares que logo van comendo.

Ás veces as castañas cocidas con nébeda quítanas do lume a medio cocer, tíranlle-la tona interna e acaban de cocelas en leite. O almorzo e a cea de moitos ancareses consiste, precisamente, en castañas con leite.

Un prato invernal moi apreciado, sobre todo en certas bisbarras luguesas, é o caldo de castañas frescas ou maias. Pélanas, férvenas en auga con sal el, así que sufriron unha fervura, tíranlle-la monda interior e pártenas á metade. Despois póñenas de novo a ferver nunha auga limpa, cunha cebola e un dente de allo, acompañados, ás veces, por un anaco de touciño, unha orella ou unhas pingas de vinagre. Hai variantes, como as de Pallares de Melide, onde cocen coas castañas un par de chanfainas e algo de touciño; logo, comen a carne coas castañas e na auga do caldo fan unhas sopas de pan.”  

Para terminar, me gustaría destacar una curiosa forma de mantener entretenidos a los niños en la jornada del día de todos los Santos, cuando todo el mundo acudía a los cementerios para visitar las tumbas y muchos podrían acabar aburriéndose. Esta costumbre la pude escuchar sobretodo en los alumnos que habían vivido en el norte de Galicia y consistía en lo siguiente:

Ana (Santander, 1928): “Yo lo que me acuerdo de pequeña en mi casa, cuando vivía en Coruña, es que mi madre hacía buñuelos y torrijas. Luego se cocían las castañas con piel y después se comían. Hacíamos collares y pulseras de castañas y los llevábamos puestos. Entonces íbamos a los cementerios comiendo castañas de una en una”

Rosario (Coirós, 1931): “En mi casa, el primero de noviembre cocíamos unas castañas con la piel y hacíamos collares. Los niños salíamos con esos collares de castaña y las íbamos comiendo.”

Marina (Villalba, 1934): “Hacíamos unos rosarios con castañas cocidas, nos los colgábamos y presumíamos.” 

Vamos a disfrutar del otoño. Llegó el frío, llegaron las castañas y es hora de comerlas. Ya sean asadas, cocidas, con leche, pilongas o con “ronco”. Buen provecho. ¡Y feliz Magosto a todos!

Mal de ojo

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Foto: Carlos Valcárcel, 1979.

En la Galicia rural del siglo pasado, los animales fueron el pilar de la economía del hogar. Una casa con más vacas era una hacienda próspera porque podía criar más terneros y así ganar más dinero vendiéndolos en las ferias. Pero no sólo se conseguía rendimiento vendiendo. Las vacas, por ejemplo, servían para tirar de carros y arados y así resolver con éxito las tareas agrícolas cuando aún no había llegado la moderna maquinaria. A su vez, los excrementos de las mismas, mezclados con la paja que se esparcía en sus cuadras, servía de abono para sembrar los campos y así poder tener patatas, cereal y hortalizas para alimentar la familia. Esa alimentación se complementaba con la matanza del cerdo, si se lograba que este llegara sano y bien criado a su San Martín. Conejos, pollos, corderos y, por supuesto pescado si en casa se dedicaban al mar, eran los otros invitados a la mesa.

Viendo lo importante que eran las reses para la casa, no es de extrañar que tuvieran especial cuidado en mantenerlas fuera de peligro. La economía les iba en ello. Por lo tanto, era preciso protegerlas de las inclemencias del tiempo pero también de aquellos hechos inexplicables que les hacían enfermar y que, más tarde o más temprano, eran atribuidos a la envidia o al mal de ojo.

El mal de ojo explicó en Galicia todas las enfermedades que, a falta de veterinarios y médicos, eran difíciles de diagnosticar. Consistía básicamente en provocar el mal a través de la mirada y lo podían provocar tanto personas que no dominaban tal poder pero que lo tenían (como quien circula con un trailer sin haberse sacado el carnet de conducir), como personas envidiosas que te miraban así para arruinarte la vida o también “bruxas” o “meigas” que, con toda la intención, te lo transmitían.

Es muy popular el dicho: “Haberlas haylas”, en relación a estas profesionales de lo mágico-espiritual. A lo largo de mis talleres en MEMOGA he encontrado en muchas ocasiones a gallegos y gallegas muy escépticos, que dicen no creer en estas cosas, pero a continuación decir que algo hay. No en vano a Galicia se la conoce como “Terra de meigas”.

Podríamos decir que hay dos modalidades de las mismas aunque no está muy clara la atribución de sus funciones. En términos generales, las “meigas” serían las capacitadas para conjurar el mal y atraerlo sobre alguien causando una enfermedad. Las “bruxas”, con un conocimiento similar a las “meigas” serían las que curarían el mal y lo mantendría alejado de la comunidad. Pero en realidad, no todo el mundo está de acuerdo con esta clasificación.

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“La Figa” Fuente: magiamania.com

No es de extrañar que estas señoras fueran temidas y respetadas por igual. En este sentido reciben un trato contradictorio por parte de la gente ya que son denostadas y rechazadas por la sociedad pero a su vez la gente acude a ellas para buscar la solución a sus males de ojo.

No obstante, antes de tener que acudir a una “bruxa” para que enmiende el mal, el gallego se cuida muy bien de mantenerlo alejado mediante objetos protectores. Herraduras, cruces de Caravaca, rescritos, figas, agua bendita, castañas indias, cabezas de ajo… Lo que sea para proteger a uno mismo, a los animales de la casa, a las cosechas o, incluso, a los aperos y herramientas de labranza.

De estas cosas andábamos hablando en el siguiente corte de audio cuando Felipe, del centro de Betanzos, nos explicó lo que le había sucedido con unos cerdos que compró a la vez que otro vecino:

Felipe (Oza de los Ríos, 1937): “Te puedo contar un caso que no me lo creo yo mismo pero que fue verdad. Yo tenía unos animalitos en la huerta. Unos cerdos preciosos que empezaron a medrar, eran, madre mía. Y cuando los compré yo también los comprara otro chaval allí y me dijo un día: oye, ¿puedo ir a verte los cerdos? porque los míos no medran nada. Y yo, pues los míos están muy guapos, vete a ver y verás. Fue verlos y yo no sé aquello, porque hay cosas que no te las puedes creer, el caso es que los cerdos aquel día se tiraron a la cuadra y no comieron más. Yo no sé quien fue el que le dijo a mi mujer que había una bruja de esas, allá le fue a la bruja a llevarle los pelos de los cerdos, y yo le dije, quítate para allá, non vayas allá que los cerdos están malos, pusieronse malos. Y dijo: pues voy a ir allá. Ya te digo yo que a mí esas cosas me cuestan creerlas. Tu quieres ver que fueron allá y cuando vinieron me dice: ¿fuiste a ver a los cerdos? Dije, no. Que carajo voy a ir. Fue ella a verlos y cuando vino me dijo: vete a verlos. ¿Quieres ver que los cerdos estaban comiendo como si nada hubiera pasado? ¡Que no me levante de esta silla si no fue verdad!”

En el Centro de Viveiro también surgió una conversación muy interesante en torno al tema del mal de ojo. Regina, la veterana del grupo, nos explica algo que le pasó cuando estaba junto a unos vecinos recolectando patatas con la ayuda de unas vacas y un arado. Carmen, a raíz de esta vivencia, también relata algo que le aconteció. Aquí vemos un ejemplo claro de cómo ante un hecho que escapa a la razón, se le atribuye una causa mágica que requiere aceptar la existencia del mal de ojo y de las “meigas”. Si la causa es del todo irracional también lo es la forma de devolver a su camino a las reses. De nuevo, un recuerdo destapa otro, y el tema de los orines hace recordar otras supersticiones, esta vez en relación a los pescadores, que encuentro ciertamente interesantes. No dejéis de escuchar el audio, no tiene desperdicio:

Regina (Orol, 1925):”En iso tamén hai verdade ¿eh? O mal de ollo é verdade porque eu o vin. Estabamos una vez collendo as patacas co arado e as vacas. E aquela persoa que pasou cerca de onde estabamos nosoutros, que tamén din que si esa persoa que botaba o mal de ollo di: ¡Dios guarde todo!, que era a costume que había cando se estaba traballando, din que no pasaba nada. Pero ela non dixo nada. Pasou e quedouse mirando, porque ademais, aquela persoa tiña costume, érache una muller nova. Isto foi tan certo e se non aínda hai máis vivos e o meu home tamén o veu. Porque o que non ve non cree, iso xa o sei. Pois aquela señora quedouse mirando por encima dun muro, así un pedaciño. Era veciña nosa. E dicíamos: bueno, esta señora non nos gusta nada aí. Chegamos co rego ao cadullo e os demais viñamos recollendo as patacas. Cando viraron as vacas para o outro lado, dime tu como facía unha vaca por encima do arado cos pes de detrás hasta medio corpo. Non había quen a fixera volver ao seu. E podía volverse se quixera. Empuxaban por ela, pero tiña aquela cousa que non quería. Había que sacar o arado do xugo e entonces volver a tirar para atrás para que a vaca se puxera ben. Volven a poñer, un pouquiño mais adiante volve. Non había forma e mira que había homes que empuxaban pero nada. Entonces, o que estaba arando, o dono das vacas, dixéronlle, mira, non hai nada que facerlle, vamos parar un pouquiño e orinas pola vaca. Oes, paramos un pouquiño, o outro orinou pola vaca e toda a tarde recollemos as patacas e non volveu a pasar cousa.”

Las “meigas” fueron mujeres diferentes y excéntricas que, por hacer lo que no hacía nadie, se ganaron la desafortunada etiqueta que las mantuvo aisladas y rechazadas. Como escuchamos en el audio, la gente era capaz de dar rodeos por no pasar por delante de sus casas y si se las encontraban en eventos públicos, como por ejemplo, la misa, nadie se quería sentar junto a ellas y evitaban toda interacción. Está claro que estas pobres incomprendidas tuvieron que sufrir bastantes injusticias sociales y padecieron, con toda seguridad, la soledad más amarga. Quedaron solas, como así describe la canción popular dedicada a la que es, quizás, la bruja más famosa de Galicia: María Soliña. Muchos grupos musicales han versionado el poema de Celso Emilio Ferreiro en Longa noite de pedra, la versión de Carlos Núñez es quizás una de mis preferidas:

La Santa Compaña

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Por todos es conocida esa procesión de ánimas en pena que recorría las “corredoiras” de las parroquias gallegas y con la que podías tropezar si te aventurabas en la noche oscura. Pobre del que se topara con ella en un cruce de caminos y no supiera realizar el ritual que le alejase de su embrujo, ya que no tendría más remedio que vagar con ella por las noches y poco a poco iría consumiéndose en vida.

Leí de pequeño “El Bosque Animado” de Wenceslao Fernández Florez y me fascinó la forma de describir las costumbres de los personajes del bosque de Cecebre. Recuerdo especialmente el episodio en el que relata y explica en qué consistía exactamente la Santa Compaña, esa que servirá de salvadora tanto para los intereses del bandido Fendetestas como para el alma en pena Fiz de Cotovelo.

Existen muchas teorías sobre el origen de esta leyenda. De hecho, si se observan otras culturas próximas a la gallega veremos que también está presente. Por lo que pude leer y lo que me dijeron los mayores de MEMOGA hay una cosa que está clara: cuando llegó la luz eléctrica a los pueblos, la Santa Compaña desapareció. Y es que en los tiempos en que la oscuridad reinaba la noche, no era difícil confundir a un grupo de personas que intentaran iluminarse como podían para llegar a algún sitio, con una procesión de almas en pena. Incluso si ocurría lo que nos relata Manuela en este post, el morirse de miedo estaba asegurado.

También hay quien decía que había personas interesadas en que la gente tuviera miedo para no salir de noche y así tener vía libre para robar o realizar cualquier tipo de actividad fraudulenta.

Hay otras teorías que han encontrado que allí donde más avistamientos de la Santa Compaña hubo, fue precisamente en aquellas zonas donde más presencia de cornezuelo había en las cosechas. El cornezuelo es un hongo que afecta el grano con el que se elabora el pan. Si no se extrae el grano afectado antes de molerlo para elaborar harina, el pan resultante podría estar contaminado y su consumo podría ocasionar alucinaciones. De este tema podréis conocer mucho más en este excelente artículo sobre el cornezuelo.

En los cortes de audio de este post podréis escuchar cual es la opinión de Felipe y de Manuela, del Centro de Betanzos, sobre esta leyenda tan famosa de la cultura popular gallega.

Felipe, (Oza de los Ríos, 1937): “La Santa Compaña, esos eran, eran brujos, o sea, gente que… no sé porque eso no existía. Eso de la Santa Compaña y se decía que se sentía en los molinos arrastrar, bueno, que si cadenas… bueno, la gente de antes tiene una cantidad de ignorancia… Además tenían la mala manía de contarlo delante de los niños. Yo me recuerdo que mi infancia en eso fue terrible porque me contaban una cantidad de barbaridades y yo tenía miedo a todo. Salía de casa de noche, con 13 o 14 años e iba volando de miedo. Porque me contaban una cantidad de fantasías, me contaban, tal vez murió una paisana y después pasara a cortar ¿? , pasara una hermana de noite e se lle apareceu una paloma e empezou a falar con ela que di que era la hermana o la parienta….”

Manuela, (Oza de los Ríos, 1940): “Igual que pasara ir de noite ao cemiterio, ¡ay, dios mío!, que si podían levantarse os mortos e os mortos nunca nos levantamos. Os que morreron nunca viñeron aquí. Eu creo que había moita ignorancia. Igual que por ejemplo meu pai e os meus irmáns cando eu era pequena, cando do estraperlo, pois iban, andaban ao estraperlo, era que podía vir a Guardia civil e requisáballes todo. Iban con unha burra para traer os sacos do trigo e do maiz de todo eso que iban a comprar a escondidas porque a xente que o tiña non o podía vender. E resulta que unha vez, pois, de noite, apareceu con luces e cantando e con cruces e fachóns de palla, que non había velas. ¿E que era? Resulta que o meu pai e os meus irmáns cagaos co medo de ver que será eso e non será. ¿E que era? Despois cando co tempo souberon que houbera morto un señor non sei donde, e de noite, como de dia non llo deixaban levar, o levaban de noite e levábano, claro, íanlle barullándolle e medio rezándolle por aí adiante en medio dos montes. Claro, ves unha cousa desas, e claro, habían cousas moi raras, la mar de raras. Daquela outra persoa ve aquelo e ao mellor di, mira, sabe dios.”

La cocina

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lareira

Foto: Ksado

La cocina que calentó a los gallegos de la primera mitad del s.XX no difiere mucho de la que lo hizo en los siglos anteriores. Aquella estancia, donde se cocinaba, se comía y se entraba en calor, era el principal lugar de reunión para los integrantes de extensas familias. Allí se explicaban historias, se cantaban canciones y se hablaba de cómo había ido el día.

Una de las cosas que más admiro de la vida rural de aquella época es la poca cantidad de residuo que se generaba, o más bien, la forma como el hombre se integraba en el medio natural sin apenas afectar su equilibrio. Incluso la presencia del ser humano ayudaba a mantener limpios los bosques ya que la cocina necesitaba combustible y este se conseguía, como nos explica el protagonista de este post, recorriendo las inmediaciones del hogar.

En este fragmento, Petronilo (Leon, 1930) del centro de Betanzos, explica cómo recuerda él la cocina de su infancia:

 “La cocina que tenía de pequeño era  de una piedra de cantería grande, luego después una chapa de hierro que protegía esa piedra. Luego los famosos tres pies para cocinar y la leña, que nos hacíamos con ella de buenas o malas maneras. De rapaces nos decían: había que traer leña. Bueno, pues hay que ir a buscar leña a cualquier monte de por allí. De restos, de temporada. Cuando salías por cualquier sitio encontrabas. Además no te decían nada, salvo que estuvieras haciendo un desmadre te podían llamar la atención, pero si no, porque eso también era una limpieza que se hacía.”