Ya llegan los Reyes

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Cabalgata de Reyes, 1961. José Luis Vega Fernández

Un año más ha terminado. Ahora son fechas para hacer balance y reflexionar sobre lo rápido que pasa el tiempo. Para palpar cada momento presente antes de que desaparezca sin darnos cuenta y entre a formar parte del archivo de nuestra memoria. También son fechas para reflexionar sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos y sobre el rumbo que queremos dar a nuestra vida para sentirnos bien con nosotros mismos y con los que nos rodean.

En estas fechas los niños también reflexionan, a nivel más sencillo, cuando tienen que responder a sus progenitores si este año se han portado bien o mal y si son merecedores, por ello, de recibir regalos en la visita de sus Majestades los Reyes Magos. Un balance, por otra parte, que en nuestro mundo actual siempre suele ser positivo, a juzgar por la gran cantidad de regalos que reciben los niños.

Hubo otra época que no fue así. Y no es precisamente porque los niños antes se portasen tan mal que no fueran merecedores de regalos (si en algún momento podemos llegar a ponernos de acuerdo sobre qué es “portarse mal”). Más bien lo que ocurría es que los Reyes no eran tan ricos como para ser tan generosos y gracias a ello, de rebote, enseñaban a los niños a ser menos caprichosos, trabajando su frustración y preparándolos para ser más felices en un mundo donde las cosas no se reciben a cambio de nada.

Provocar los recuerdos de Infancia en relación a los Reyes Magos suele tener éxito asegurado entre nuestros mayores. Y además nos enseña que no es precisamente la abundancia de regalos lo que fomentará un recuerdo agradable en nuestra futura vejez, sino la existencia de otros valores que deberíamos considerar si siguen vigentes en nuestra época o no.  Por lo general, estos recuerdos suelen estar bastante presentes en las personas mayores, pues con la llegada de sus hijos y más tarde de sus nietos, han tenido que ir confrontando y reviviendo anécdotas relacionadas con el tema en diferentes etapas de su vida. Por eso, cuando les preguntas por el tema, surgen recuerdos de su infancia, pero también de su vida adulta, como padres y de su vejez como abuelos. E inevitablemente surge la reflexión sobre qué es mejor o peor y sobre lo que han cambiado las cosas en todo este tiempo. Un ejemplo de ello es el siguiente corte de audio, extraído de una conversación con los alumnos del Centro de Lugo:

 

Ahora cierra los ojos e intenta regresar a aquellas noches de Reyes en que dejabas con ilusión tus zapatos y te ibas a dormir temprano, con la esperanza de conciliar el sueño enseguida y así despertar cuanto antes al día siguiente. Lo más seguro es que lo recuerdes con agrado, que se generen emociones positivas y que sientas cierta mezcla de placer y nostalgia unido a una pizca de felicidad. ¿Lo has experimentado?

Si es sí, comprenderás lo importante que es generar estos recuerdos y mantener la ilusión de los niños durante el tiempo que sea posible. Lo hacen en la actualidad los medios de comunicación cubriendo la noticia de la visita de los Reyes y televisando las espectaculares cabalgatas que quedarán fijadas para siempre en las memorias de nuestros más pequeños. Y a lo largo de la historia, la sociedad ha colaborado también en ello, sabedora del bien que se les estaba haciendo a sus integrantes más jóvenes. De hecho, si preguntas a los mayores por las cabalgatas, los de edad más avanzada ya te podrán hablar de ello, si acaso vivieron en una ciudad. En el rural gallego, sin embargo, no existían cabalgatas pero sí la tradición de ir a cantar los “reises” por las casas (de forma similar a como se hacía en nochebuena con el aguinaldo).

Tirando de Hemeroteca, encontré algún artículo de principios del siglo XX que ya cubre la gran noticia de la visita de los Reyes en forma de cabalgata:

elProgreso05011923

Diario “El Progreso”. 05/01/1923

Lo que hoy en día organiza el ayuntamiento, por aquel entonces era organizado por “Ligas de Amigos” o agrupaciones culturales que con gran empeño y dedicación se esmeraban en mantener viva la ilusión. Según se lee en este artículo de La Voz de Galicia, el primer año que se celebró cabalgata en A Coruña fue 1909. Fue una gran iniciativa que, además, pretendía que los mismos Reyes repartieran en persona los regalos a domicilio. Para ello contaban con la colaboración de los padres que, previamente, habían solicitado tal servicio. Al día siguiente El Eco de Galicia relataba cómo había ido el acontecimiento. En este enlace puedes consultar el documento en PDF de la página donde aparece la noticia.

La Iglesia también  fomentaba que la fiesta de Reyes fuera un evento que llegase a todos los niños, incluso lo más necesitados. No en vano esta es una fiesta de influencia claramente religiosa. El siguiente recorte de prensa así lo atestigua:

El Pueblo gallego diario de la mañana1947 enero 3

Diario “El Pueblo Gallego”. 03/01/1947

En el siguiente corte de audio, una alumna nacida en 1929 explica que en el catecismo se solían repartir unos tíquets o vales cada vez que acudía. Estos eran para poder canjearlos por regalos una vez llegaba la víspera de Reyes. Otra alumna, que también lo recuerda, comenta que esta era una estrategia para asegurar la asistencia de los niños a la Catequesis.

En el mismo audio, grabado en el Centro de Pontevedra, podrás escuchar también más anécdotas y curiosidades relacionadas con esta noche tan mágica, así como la diferencia de costumbres entre el rural y la urbe.

 

Para finalizar, una imagen para la reflexión del gran Castelao. No os deseo que os traigan muchas cosas los Reyes sino, simplemente, que podáis sentir emociones positivas en esta recta final de las Navidades. Ahí es nada.  ¡Hasta la próxima!

 

 

 

Falcatruadas

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Esta foto pertenece a Xosé Veiga Roel y se titula FALCATRUADA. Me encanta esta palabra en gallego. Su traducción viene a ser algo así como “travesura”, las que solían realizar los niños en su descubrimiento del mundo y de sus normas. Travesuras que podían tener un buen o mal recibimiento por parte de sus víctimas aunque en ello también radicaba la emoción.

La violación de una norma, de forma moderada, es una acción necesaria y sana por parte de los integrantes de toda sociedad. Que uno o varios días al año se de licencia para realizar ciertas locuras que escapan del orden establecido ayuda a romper con la monotonía y, aunque parezca mentira, a establecer mejores lazos de unión entre la comunidad.

En el ámbito de nuestra Galicia rural, las fechas más propicias para estas bromas solían ser las del Carnaval (cualquiera que conozca el “Entroido” de Ourense podrá dar fe de esta afirmación) pero también se daban en la noche de San Juan cuando se permitían ciertos actos de vandalismo. Por ejemplo, que tu carro o la verja de tu casa desaparecieran de su sitio habitual para hacerlo en cualquier inhóspito o inaccesible lugar de la parroquia. Pero quizás, el día más extendido para las bromas sea precisamente el de los Santos Inocentes, y no deja de ser paradójico, pues según la Biblia, ese día se conmemora la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén con la intención de así acabar con la vida del niño Jesús. Imagino que nada mejor para recordar tal masacre que hacerlo con un acto inocente (la broma) que es característico de los niños y que está cargado de sano humor. Inteligente y creativa forma de reivindicar, quizás deberíamos tomar ejemplo para aplicarlo en las manifestaciones de nuestro mundo actual.

Todos tendréis en mente la broma del famoso monigote que se pegaba en la espalda de viandantes despistados. Pero en la Galicia Rural se realizaban otras como por ejemplo inventar noticias falsas que causaran disgusto o noticias buenas que generaran decepción al descubrir que eran mentira. También se engañaba para que alguien acudiera a algún sitio sin que realmente hiciera falta o se le obligaba a realizar un fatigoso trabajo que luego era totalmente inútil. Había quien clavaba monedas en el suelo o le ataba un hilo a un billete para que quien lo encontrara se llevara un chasco o quien rellenaba paquetes con cosas pueriles y hasta asquerosas para que quien lo abriera se acordara de su madre.

A continuación escucharéis y leeréis ejemplos de las bromas que los alumnos de MEMOGA recuerdan de su infancia y juventud, esa época mágica e inocente que todos los niños del mundo deberían poder vivir con plenitud sin que ni un solo “Herodes” se la arrebate.

“A mi me hicieron una buena. Trabajábamos para un abogado que era
de Vigo y tenía una huerta enorme. Todos los días le llevábamos la leche.
Ese día, en vez de cargar leche nos metieron piedras. Yo le decía
a mi compañera: ¿será posible que pese tanto la leche hoy? Al rato
nos paramos para mirar lo que llevábamos y vimos la tina toda llena de
piedras”. Carmen (Pontevedra, 1944)

“Fixemos unha vez unhas roscas feitas coas cabezas dos nabos. Parecían
roscas e iámolas dando. Estaban rebozadas e parecían roscas
de verdade. En canto as metían na boca… “. Regina (Viveiro, 1925)

La siguiente audición pertenece al Centro de Ourense, en ella Elena (1934) explica una que hizo ella cuando era niña:

“E resulta que por Santos Inocentes, faciamos unha caixiña moi preparadiña e se cadra ibamos ao primer piso o ao segundo: Mire, está a señora abaixo e díxome que lle traiga este regaliño. ¿E como se chama? Pois non sei. Díxome, nena, fas o favor, subes arriba ao segundo piso e dáslle esta caixa. Díceslle que e dunha amiga. ¿E que iba na caixa? Pedras, hasta con permiso basura. Bueno. E despois nós sorriamos e diciamos, ay, Dios mío, cando abriran e que vexan… As veces nos daban unha cadela ou can de propina.”

Y en el Centro de Lugo también se habló del tema, es lo que escucharéis en este otro corte de audio:

“En tempos o periódico traía sempre unha inocentada. Houbo unha que en la epoca de Jorge Negrete, resulta que salía que chegava as 12 da mañá no tren á estación o dichoso Jorge Negrete. E todas as mulleres de Lugo estiveron alí na estación espera que te espera e Jorge Negrete non chegou e ainda non chegou. E fixeron outra, que se falaba que iban poñer un carrillón na catedral e que xa poñeran o carrillón e que as 12 da mañá se inaguraba e toda a plaza de Santa María chea mirando si tocaba o carrillón.” Antonio (Lugo, 1933)

Lo que dice Antonio sobre Jorge Negrete se puede corroborar en el blog de Paco Rivera donde se comenta la que se armó en los años cincuenta con esta inocentada. Además de aquella, hubo otras relacionadas con la Catedral como la que comenta Antonio o aquella otra, con fotomontaje incluído, que anunciaba que las torres de la catedral de Santa María habían caído. Al respecto, parece que anunciar la caída de torres también era bastante habitual, pues otra alumna del centro de Betanzos me comentó que a ella le habían intentado “colar” que la torre de Hércules se había caído.

Dado que el 28 está al caer, tened mucho cuidado con vuestra inocencia y a disfrutar de esta tradición que aún sigue latente en nuestros días.

La Navidad de entonces

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“Aguinaldo en Asturias”. Grabado de J. Cuevas (1884-1930).

Una de las tradiciones más arraigadas en nuestra cultura y que pasa menos desapercibida por nuestro vivir cotidiano son sin duda las Navidades. Esta celebración que se extiende desde la llegada del invierno hasta la recepción de un nuevo año (con visita incluida de tres foráneos engalanados con túnicas) trastoca de forma irremediable nuestra rutina. Hay quien la rechaza sin tapujos, quien la celebra de forma ñoña, quien la recibe de mal humor mientras dura o quien se tira sin remordimientos (o con ellos) en la telaraña que la sociedad de consumo le tiende maliciosamente. A veces cada uno de nosotros elegimos una forma u otra de transitar por estas fechas, pues si algo nos deja claro esta vida es que cuanto más nos empeñamos en teñir de blanco o de negro, lo que finalmente predomina es el gris. En cualquier caso, se acercan baches, y toca poner un poco de atención para sortearlos (sin dejar de disfrutar de la mejor forma que queramos).

Cuando llegas a una edad avanzada, además de hacerte mayor, eres un testigo presencial de los cambios que se han producido en tu cultura. De hecho, una cultura que no haya cambiado en 80 años se podría decir que está enferma o prácticamente muerta. Pero no siempre los cambios son bien vistos. En realidad, el ser humano, por norma general, se aferra a la rutina, intenta conservar su zona de confort y no adentrarse en zona desconocida. Se empeña en mantenerse rodeado de todo aquello que le de seguridad y coherencia de pensamiento. En este empeño conservador tiene mucho que ver nuestro cerebro, una máquina maravillosa pero llena de imperfecciones que tiene entre sus máximas ahorrar toda la energía posible para mantener su autonomía.

Resumiendo, cuando nos hacemos mayores predomina (no digo que sea así en todo los individuos) aquel pensamiento de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. En esto la memoria juega también malas pasadas (otra vez el cerebro imperfecto) al recordar el pasado no como sucedió sino obviando principalmente los eventos negativos y conservando los positivos.  Además, es lógico que recordemos nuestra etapa de juventud y adolescencia como una etapa excitante y llena de emociones agradables, pues en la mayoría de los casos esta etapa fue precisamente eso.

Si a todo esto le añadimos que, con la llegada del Estado del bienestar, ciertos valores se quedaron por el camino para ver aflorar otros, no es de extrañar que haya una opinión predominante entre los mayores considerando que la Navidad no es lo que era y que el cambio no les ha traído más cosa que tristeza. Esta conversación del Centro de Viveiro trata sobre esto:

 

“Agora non hai nada. Todos salen co seu coche… É moi triste. Agora vivese mellor, todo o mundo vive ben pero non hai aquel espiritu da Navidad. Nin amor, nin ese compañerismo, nin ese aprecio, esa cousa que había. Antes ibamos a misa e xuntabámonos ao mellor sete ou oito no camin. E mira, ibamos falando. As chicas jovenes iban falando coa xente maior. E hoxe non. A xente nova vai sola e os maiores detrás. Levaban unha conversación co maior como se fosemos todos iguales. E agora non.”

Cuando preguntas a un mayor cómo eran antes sus Navidades, una de las cosas que predomina y que, según ellos ha ido perdiéndose, es el uso de la música durante todo el tiempo que duraban las fiestas. Primero en Nochebuena y Navidad, con villancicos y “panxoliñas” (de estas se sabe que en el s.XV ya se cantaban), y después se continuaba con cantos de Aninovo, los cantos a los Manueles y los cantos a los Reises.

Así pues la música, a falta de otros entretenimientos más tecnológicos, era la protagonista y venía a quedarse durante toda la celebración. Estas canciones se cantaban en las reuniones familiares improvisando con cualquier objeto como instrumento, pero también se iba por las casas, sobretodo mozos y mozas, pidiendo el aguinaldo: una recompensa por la actuación que podía recibirse en forma de alimentos o dinero. Cuando acababan de tocar, se hacía la repartición de lo ganado o se hacía una fiesta sólo para los más jóvenes. En la imagen de esta entrada, que forma parte de la fabulosa colección de grabados del dibujante asturiano José Cuevas, se recrea el momento en el que los niños reciben unos chorizos tras haber cantado el aguinaldo. Dicen que si la persona no colaboraba, existían composiciones que les criticaban con la intención de que todo el vecindario lo supiera:

“Cantámosche os  Reises

guedellas de cabra

Cantámosche os Reises

Non nos deches nada.

Esta casa é de palla,

esta casa non val nada…”

Enciclopedia La Voz de Galicia. Do Entroido ao Nadal.

El bache de la Navidad al que apelaba al principio, también se caracteriza por un exceso gastronómico. En estas fechas comemos y no paramos de comer. En la actualidad, es típico ganar algún kilo de más de forma que a partir de enero uno de los propósitos más frecuentes es apuntarse al gimnasio. ¿Pero antes se comía así? ¿Y se comía lo mismo? Pues cuando preguntas te das cuenta de que las cosas no son siempre como esperabas. Por ejemplo, el marisco no comenzó a llenar las mesas navideñas hasta entrados los años cincuenta. Algún alumno de MEMOGA me comentó que antes de esa fecha, un manjar tan preciado como es el percebe, se utilizaba para abonar los huertos. Tampoco se solía comer carne en Nochebuena y el plato más extendido solía ser era el bacalao con repollo o coliflor.

Según Xosé Ramón Mariño Ferro, en su libro “Antropoloxía de Galicia” estos eran algunos de los platos de aquella época:

Os pratos típicos da cea de Noiteboa non conteñen carne porque antano nas vésperas das festas gardaban abstinencia. En terras de Miranda o menu inclúe coliflor con bacallao, torradas de pan molladas en leite, fritas en manteiga e adozadas con azucre, e compota de pera con viño tinto. En Velle cean repolo con bacallao; en Verín, polbo, bacallao con grelos ou verzas e sopa de améndoas, a base de améndoas moídas fervidas en leite augado ó que lle agregan cachiños de pan frito en mantenga de vaca.

Os doces máis comúns son as papas de arroz, as sopas borrachas, as torradas, as compotas, os froitos secos, as castañas cocidas ou asadas.

O de Noiteboa é un banquete familiar. Celebrando a constitución da Sagrada Família, reúnense e comen xuntos os pais, os fillos e fillas solteiros que viven fora e as fillas casadas acompañadas do marido e dos nenos. Tamén se teñen em conta os ausentes, e deixanselles um sitio na mesa co seu correspondente prato.

En Castro Caldelas e outros lugares non recollen a mesa ata o día seguinte por se as animas veñen comer. Ás veces póñenlle-la comida na lareira para que non pasen frío.”

En el siguiente corte podéis escuchar lo que opinan los alumnos del Centro de Pontevedra sobre la Navidad, qué hacían y qué comían en esas fiestas cuando eran jóvenes.

 

Carmen (Meis, 1933) : “Íbamos a cantar por las puertas y luego pues te daban algo. Te daban Mucha nuez porque como se cogían en el campo, no la compraban tu te comías las nueces y te daban higos, higos pasos. En todas te daban algo pero también te daban un dinerillo y nosotros después, como íbamos con la pandilla pues íbamos a la repartición.”

Vidalina (Sanxenxo, 1940): “Lo que me gustaba a mí mucho en aquel tiempo es lo que hacíamos en nuestra parroquia en la Iglesia. Hacíamos un nacimiento. Uno se vestía de San José. Había unos profesores allí, los señores de Mendez y eran los que lo organizaban. Hacían como cuando nació Jesús, hacían los villancicos y luego iba todo el mundo allí. También recuerdo en mi casa, era una casa muy pobre, mi madre había quedado viuda con cinco hijos, no hay nada que decir en aquellos tiempos difíciles pero recuerdo un entrañamiento, un amor y una cosa que ahora no la veo, no existe. En la pobreza teníamos una pobreza pero bueno, lo dijimos aquí un día, el bollo en la lareda y unas manzanitas asadas, y unos pescaditos guisados que hacía mi madre muy bien con unas patatitas y era una cena de maravilla. Pero no se, aquello sabía a gloria.”

José (Vilasantar, 1948): “Yo hablar de marisco ni oí hablar hasta que tuve 20 años. En mi casa, una casa de aldea, de interior, de familia numerosa, eramos ocho hermanos de los que seis estábamos en casa más los dos padres. La cena de nochebuena era coliflor con bacalao y luego algo de turrón. Normalmente nos gustaba el duro que yo no sé que coño debía ser porque había que partirlo con martillo. El turrón duro es lo único que había. Por Reyes se formaban por allí por la parroquia unos grupos de gaitas y gente que le daba muy bien a cantar. Entonces iban a cantar por las casas y al mismo tiempo pedían un poco de aguinaldo. Y tengo el recuerdo de una vez en mi casa que estábamos de matanza y mi padre estaba con una camisa casi negra y como él no quería soltarles nada les dijo: ¡Non, aquí non cantedes que estamos de loito!”

Ahora que se acercan estas fechas y la gente se reúne con la familia no dejéis pasar la oportunidad de preguntar a vuestros mayores por todo esto. Os podrán decir cosas muy interesantes, como estas que nos cuenta Concha de Luneda y que confirman lo que hemos leído y escuchado en este post. Las imágenes están extraídas del programa “Alalá” de la TVG que se emitió en diciembre del año 2006.

¡Feliz Navidad a tod@s!

El Magosto

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Foto: Recolectando castañas de los “ouriceiros”. San Antolín de Ibias, c.a 1930. Walter Ebeling.

En Galicia hay castaños centenarios que, si pudieran hablar, nos explicarían con todo detalle escenas como la que se puede apreciar en la imagen. Durante generaciones, los gallegos, y en general, todos los habitantes de la cornisa cantábrica, se dirigían al bosque por estas fechas con la intención de recolectar un alimento que formaría parte de su dieta básica durante todo el invierno. Los castaños que habitan los bosques han sido testigos de esta tradición que se repite cada otoño y que contaba con una importante organización, pues de llevarla a cabo con éxito o no dependía el poder pasar los rigores del invierno con el estómago más o menos lleno. En el siguiente corte de audio, José, del Centro de A Coruña y natural de As Nogáis (Lugo), nos relata como era esta escena anual, en la que los hombres se dedicaban a subir a los castaños y sacudirlos con varas para hacer caer los erizos que después, y con la ayuda de las mujeres, se recogían y depositaban en los “ouriceiros”.

 

José (As Nogáis, 1936): “Lle chamaban ouriceiros e eran una especie de fornos cerrados, o sea, unos círculos, como un depósito. Alí sacudíanse as castañas, se botaban en aqueles ouriceiros e alí curtían. Chovía por elas. Poñíaselles por encima unhas ramas para que pasara a auga e os ourizos ían pudrindo, sen estropear a castaña porque a cascara da castaña e moi dura e non lle afecta aunque esté húmida. Hasta que estaban curtidas. Para despois sacalas cando pasaba cerca de un mes, despois de chover en elas. Entonces se estendían. Ao redor do ouriceiro normalmente era un sitio raso. Non había parte leñosa. E alí se estendía e entonces dúas ou tres persoas os pisaban porque os ourizos estaban blandiños e ían quedando. Despois cunha especie de horquilla se ían arrastrando, se ían movendo, quitándolle os ourizos e quedaban case limpas.”

“Aquello era una juerga, empezaban a cantar en los árboles los hombres y las mujeres. Sobretodo eran los hombres los que subían a los árboles a sacudir. Yo no sé si era para disimular el miedo, pero se cantaba siempre. Las chicas iban para apañar los ourizos y los metían en los ouriceiros”.

Aparte de las castañas que se quedaban en los “ouriceiros” para curtirse y ser recogidas al cabo de un tiempo, había otras que marchaban para casa, metidas en cestos. En la siguiente imagen podemos apreciar esa escena. En este caso, la pareja se dirige a su casa con el cesto lleno a la cabeza, barruntando quizás sobre cual será la mejor manera de consumirlas, si asadas, cocidas, con leche, o simplemente crudas.

Foto: A Ermida, A Pastoriza, c.a 1930. Walter Ebeling.

 

Lo cierto es que, después de hablar con todos los alumnos de MEMOGA me quedó clara una cosa: antiguamente no se celebraba el Magosto un día en concreto como ocurre hoy en día. La época de castañas, gracias a las diferentes formas de conservarlas se podía prolongar durante todo el invierno, así que se consumían siempre que se podía. Podríamos decir que por Magosto se entendía toda aquella celebración donde hubieran castañas de por medio pero esta no tenía que ser precisamente el día 31 de octubre. Sobre este tema hablamos en el siguiente corte de audio, que fue registrado en el  Centro de Betanzos:

 

Rosario (Coirós, 1931): “En Espenuca vivían los Corrales y se recogía el maíz. Lo echaban en un arcón e íbamos los vecinos todos a ayudar a deshojar el maíz y al final ellos nos hacían un magosto.”

Felipe (Oza de los Ríos, 1936): “En mi parroquia las castañas se usaban como medios de sobrevivir, más que como fiesta. Es decir, se comían a diario cuando las habían. Cuando las había se aprovechaban todas, no se perdía una castaña. Ya podía estar el castaño donde fuera que no se perdía.”

Petronilo (León, 1930): “En la calle de Nuestra Señora, la que va al cementerio, había antes de llegar a la iglesia, en las tres casas anteriores había un campito adosado a las viviendas que tenía castaños. Ya las que cogíamos en el suelo ya no podíamos esperar a que cayeran ni tirarlas porque había muchas. Pero se comían todas y aún faltaban castañas.”

Como habéis podido escuchar en el audio, existen muchas formas diferentes de consumir las castañas. En el libro Antropoloxía de Galicia de Xosé Ramón Mariño Ferro podemos encontrar alguna idea más:

“Para cocelas, primeiro destónanas e logo bótanas nunha pota con auga e fiúncho ou nébeda. Nalgunhas casas cócenas nun pote especial, panzudo e máis ou menos grande, e alí, a carón do lume, quedan ata que se acaban; cando algúen ten fame, achégase ó pote e come. Escórrenas nun cesto, nun cribo ou nun escoadoiro destinado a ese fin. Ás cocidas coa casca chámanlles zonchos. En Mondoñedo adoitan enfialos en colares que logo van comendo.

Ás veces as castañas cocidas con nébeda quítanas do lume a medio cocer, tíranlle-la tona interna e acaban de cocelas en leite. O almorzo e a cea de moitos ancareses consiste, precisamente, en castañas con leite.

Un prato invernal moi apreciado, sobre todo en certas bisbarras luguesas, é o caldo de castañas frescas ou maias. Pélanas, férvenas en auga con sal el, así que sufriron unha fervura, tíranlle-la monda interior e pártenas á metade. Despois póñenas de novo a ferver nunha auga limpa, cunha cebola e un dente de allo, acompañados, ás veces, por un anaco de touciño, unha orella ou unhas pingas de vinagre. Hai variantes, como as de Pallares de Melide, onde cocen coas castañas un par de chanfainas e algo de touciño; logo, comen a carne coas castañas e na auga do caldo fan unhas sopas de pan.”  

Para terminar, me gustaría destacar una curiosa forma de mantener entretenidos a los niños en la jornada del día de todos los Santos, cuando todo el mundo acudía a los cementerios para visitar las tumbas y muchos podrían acabar aburriéndose. Esta costumbre la pude escuchar sobretodo en los alumnos que habían vivido en el norte de Galicia y consistía en lo siguiente:

Ana (Santander, 1928): “Yo lo que me acuerdo de pequeña en mi casa, cuando vivía en Coruña, es que mi madre hacía buñuelos y torrijas. Luego se cocían las castañas con piel y después se comían. Hacíamos collares y pulseras de castañas y los llevábamos puestos. Entonces íbamos a los cementerios comiendo castañas de una en una”

Rosario (Coirós, 1931): “En mi casa, el primero de noviembre cocíamos unas castañas con la piel y hacíamos collares. Los niños salíamos con esos collares de castaña y las íbamos comiendo.”

Marina (Villalba, 1934): “Hacíamos unos rosarios con castañas cocidas, nos los colgábamos y presumíamos.” 

Vamos a disfrutar del otoño. Llegó el frío, llegaron las castañas y es hora de comerlas. Ya sean asadas, cocidas, con leche, pilongas o con “ronco”. Buen provecho. ¡Y feliz Magosto a todos!

Cantares de ciego

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(Foto: Benedicto Conde González “Bene”, 1960)

Antes de que en las ferias existieran las tómbolas, las casetas de tiro, los puestos de algodón de azúcar y los autos de choque. Mucho antes de todo eso, las ferias eran, igual que ahora, un lugar para pasear, entretenerte y salir de la rutina. En las ferias se acudía a comerciar (comprar o vender) pero también a relacionarte con el vecino y a ponerte al día de las noticias de aquí o de allá hablando con este o aquel.

Cuando no existía prensa rosa, ni periódicos de sucesos, el cantar de ciego era uno de los medios que había para enterarte de sucesos insólitos, de episodios truculentos que podían ponerte los pelos de punta. Era como ir al cine a ver una película de miedo pero con más dosis de imaginación.

Para los ciegos era una forma de ganarse la vida (era como la ONCE de hoy en día), y acudían de feria en feria, recitando sus poemas de raíces populares, similares a los romances medievales. Es lo que ha venido a llamarse literatura de cordel.

Acompañados de un violín, un acordeón o una zanfoña y ayudados por sus mujeres o lazarillos, vendían unos pliegos donde poder leer (quien supiera) aquellas historias que luego podían explicarse de boca en boca junto al calor de la “lareira”.

En la imagen del post, perteneciente a “Bene” se puede intuir en el papel el título del documento que está distribuyendo la mujer del invidente (“A tu vera”). Es de suponer que en 1960, era cuestión de adaptarse o morir, sustituyendo aquellas historias que ya se podían conocer en otros medios, por un contenido más interesante para el público que acudía a las ferias.

En el Centro de Ourense, la señora Corona (Abavides, 1942) comenzó a recitarme uno de esos cantares que recordaba de haber escuchado y que después pude transcribir en su totalidad. Es interesante leer al final la moraleja del episodio. También os recomiendo escucharla en persona recitando los primeros versos al final de post.

“En términos de Gerona cerca de tierra francesa

verán lo que ha sucedido con un hombre en una venta.

Un día al amanecer un caballero llegó

montado en su caballo y allí se hospedó.

Metió el caballo en la cuadra y a la cocina pasó

y con los dueños de casa se pone en conversación.

Componía esta familia de esta solitaria venta,

un matrimonio y dos hijas y que eran dos niñas pequeñas.

Conversando el caballero les dijo que iba a la feria,

a comprar un par de mulas para llevar a su tierra.

El hombre de buena fe les contaba su secreto,

mientras que ellos pensaban en robarle el dinero.

Tan pronto como cenaron pronto se fue a acostar,

porque el buen caballero deseaba madrugar.

No sabía el pobre hombre que dentro de aquella venta,

la muerte le esperaba por la maldita moneda.

Y mientras el pobre hombre tranquilo se acostaba,

el marido a su esposa de esta manera le hablaba.

Es mejor asesinarlo para quitarle el dinero

y lo enterramos en la huerta para no ser descubiertos.

Yo me voy a hacer el hoyo mientras se queda dormido

dijo el marido a su esposa llevado por el egoísmo.

Tan pronto como termine subo a la habitación

y después de darle muerte lo tiro por el balcón.

Tú lo coges en seguida y arrastrándolo lo llevas

y lo metes en el hoyo y le echas bastante tierra.

Volvamos al caballero que solo en la habitación

el pobre estuvo escuchando toda la conversación.

 Él en vez de acostarse al momento se prepara

de una buena pistola que él consigo llevaba.

Tras de la puerta a pie firme varias horas se pasó

esperando al asesino con energía y valor.

A las dos de la mañana por fin el ladrón llegó

en vez de encontrar dinero con la muerte se encontró.

Tan pronto abrió la puerta el caballero valiente

dos tiros le disparó que le causaron la muerte.

El caballero al momento en sus brazos lo estrechó

y como el tenía dicho lo tiró por el balcón.

La mujer que lo esperaba con energía y valor

en el hoyo que él hiciera a su marido enterró.

El caballero al instante baja de la habitación

coge el caballo en la cuadra y de la venta marchó.

Tan pronto salió el día el hombre llegó a Jilguera

declara lo sucedido y a la justicia se entrega.

Volvamos a su mujer que al terminar su faena

llamaba por su marido pero éste no le contesta.

Pasea toda la casa y en ella no lo encuentra

tan solamente sus hijas que duermen sin darse cuenta.

Al verse sola en la casa se dijo llena de pena

este tunante se fue con toda esa riqueza.

Al otro día siguiente un coche para a la puerta

del que baja la justicia diciendo de esta manera:

Llame usted por su marido que queremos su presencia

queremos hablar con él cosas que le interesan.

Mi marido no está la pobre mujer contesta

desde ayer falta de casa yo no sé donde se encuentra.

Venga usted con nosotros vamos a mirar a la huerta

que allí enterraron a un hombre según tenemos sospecha.

Empezaron a excavar y muy pronto apareció

y al ver que era su marido la mujer se desmayó.

Vuelta en su conocimiento le toman declaración

y llorando amargamente su engaño confesó.

A la cárcel fue llevada y clausurada la venta

y a las niñas las metieron en una beneficencia.

Así termina la historia de esta familia egoísta

que por querer lo ajeno halló su propia ruina.”

 

El día de la tortilla

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Foto: Carmen Méndez Goás (1966)

En este fragmento, Carmen (Celeiro, 1939) del Centro de Viveiro, nos explica cómo se celebraba el día de la tortilla. Esta fiesta popular en Viveiro se hace el domingo anterior al Domingo de Ramos:

O dia das tortillas ven a ser o dia de San Lázaro, antes de domingo de Ramos. Pois onde se facía unha tortilla e a comiamos no campo. Antes pouco máis había que unha tortilla. Despois xa nos iamos facendo uns buñuelos, un “cake”… Mentres eramos chavaliñas íamos solas, nenas. Hasta estabamos na escola separados. Entonces, así que eramos máis grandes e había un rapaz que quería acompañarnos, nos pedía si podía vir na pandilla. Pasabámolo moi ben, era una festa típica de Viveiro. Inda hoxe se fai. Pero no íamos a “playa”, íamos todos ao campo. Faciamos churros toda a pandilla, faciamos buñuelos, faciamos tal, e todo isto era a escote. Se chovía comiámolo igual na casa, ou íamos a un café e no reservado comiamos a tortilla ou a tarta ou o que houbera.”

 

Bailes con “permite”

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Foto: Xosé Vázquez “Rizo”

El baile con “permite” era una modalidad de baile donde existía la norma tácita de que se tenía que ceder la pareja en mitad del baile si así lo solicitaba el interesado. Vendría a ser algo parecido a estas reuniones para conocer gente que se hacen ahora en la que vas intercambiando cada poco tiempo tu interlocutor.

Es de imaginar que en estos bailes surgieran conflictos y malentendidos cuando el chico no quisiera ceder a su pareja a cualquier desconocido o cuando ella no quisiera soportar a un nuevo bailador.

Si la gente no aceptaba la norma, la disputa estaba asegurada. Así me lo explicó Josefa de Ourense (1921) cuando su hermano, que bailaba con ella, no quiso ceder el baile a un chico que así se lo pidió. Llegaron a las manos y finalmente fue ella la que le propinó tal manotazo al interesado que le tiró el sombrero al suelo. Según Josefa, aquella fiesta acabó con la clausura del baile por parte de la Guardia Civil y su hermano encerrado en los calabozos.

En la audición de MEMOGA, Jesús (A Coruña, 1942) y Divina del Centro de Lugo nos explican sus experiencias en este tipo de bailes:

“Eso lo he vivido, la verdad es que me extraño, he participado en el tema y todavía hoy me río. A mí me utilizaban de comodín. Había un chico que estaba enamorado de una chica y lo que se decía, si iba un tercero a pedirle le tocaba el brazo y decía: ¿permite? y tenía que dejarle la chica. Había una normativa. Dentro de la misma pieza un señor no podía ir dos veces a la misma chica. Podía ir este, este, el otro y eso, pero una persona dos veces no podía ir. Entonces aquel chico que estaba enamorado, me decía: vete tú y sácala y luego se la cedía a él. Eso daba origen a muchos problemas.”