Mal de ojo

Foto: Carlos Valcárcel, 1979.

En la Galicia rural del siglo pasado, los animales fueron el pilar de la economía del hogar. Una casa con más vacas era una hacienda próspera porque podía criar más terneros y así ganar más dinero vendiéndolos en las ferias. Pero no sólo se conseguía rendimiento vendiendo. Las vacas, por ejemplo, servían para tirar de carros y arados y así resolver con éxito las tareas agrícolas cuando aún no había llegado la moderna maquinaria. A su vez, los excrementos de las mismas, mezclados con la paja que se esparcía en sus cuadras, servía de abono para sembrar los campos y así poder tener patatas, cereal y hortalizas para alimentar la familia. Esa alimentación se complementaba con la matanza del cerdo, si se lograba que este llegara sano y bien criado a su San Martín. Conejos, pollos, corderos y, por supuesto pescado si en casa se dedicaban al mar, eran los otros invitados a la mesa.

Viendo lo importante que eran las reses para la casa, no es de extrañar que tuvieran especial cuidado en mantenerlas fuera de peligro. La economía les iba en ello. Por lo tanto, era preciso protegerlas de las inclemencias del tiempo pero también de aquellos hechos inexplicables que les hacían enfermar y que, más tarde o más temprano, eran atribuidos a la envidia o al mal de ojo.

El mal de ojo explicó en Galicia todas las enfermedades que, a falta de veterinarios y médicos, eran difíciles de diagnosticar. Consistía básicamente en provocar el mal a través de la mirada y lo podían provocar tanto personas que no dominaban tal poder pero que lo tenían (como quien circula con un trailer sin haberse sacado el carnet de conducir), como personas envidiosas que te miraban así para arruinarte la vida o también “bruxas” o “meigas” que, con toda la intención, te lo transmitían.

Es muy popular el dicho: “Haberlas haylas”, en relación a estas profesionales de lo mágico-espiritual. A lo largo de mis talleres en MEMOGA he encontrado en muchas ocasiones a gallegos y gallegas muy escépticos, que dicen no creer en estas cosas, pero a continuación decir que algo hay. No en vano a Galicia se la conoce como “Terra de meigas”.

Podríamos decir que hay dos modalidades de las mismas aunque no está muy clara la atribución de sus funciones. En términos generales, las “meigas” serían las capacitadas para conjurar el mal y atraerlo sobre alguien causando una enfermedad. Las “bruxas”, con un conocimiento similar a las “meigas” serían las que curarían el mal y lo mantendría alejado de la comunidad. Pero en realidad, no todo el mundo está de acuerdo con esta clasificación.

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“La Figa” Fuente: magiamania.com

No es de extrañar que estas señoras fueran temidas y respetadas por igual. En este sentido reciben un trato contradictorio por parte de la gente ya que son denostadas y rechazadas por la sociedad pero a su vez la gente acude a ellas para buscar la solución a sus males de ojo.

No obstante, antes de tener que acudir a una “bruxa” para que enmiende el mal, el gallego se cuida muy bien de mantenerlo alejado mediante objetos protectores. Herraduras, cruces de Caravaca, rescritos, figas, agua bendita, castañas indias, cabezas de ajo… Lo que sea para proteger a uno mismo, a los animales de la casa, a las cosechas o, incluso, a los aperos y herramientas de labranza.

De estas cosas andábamos hablando en el siguiente corte de audio cuando Felipe, del centro de Betanzos, nos explicó lo que le había sucedido con unos cerdos que compró a la vez que otro vecino:

Felipe (Oza de los Ríos, 1937): “Te puedo contar un caso que no me lo creo yo mismo pero que fue verdad. Yo tenía unos animalitos en la huerta. Unos cerdos preciosos que empezaron a medrar, eran, madre mía. Y cuando los compré yo también los comprara otro chaval allí y me dijo un día: oye, ¿puedo ir a verte los cerdos? porque los míos no medran nada. Y yo, pues los míos están muy guapos, vete a ver y verás. Fue verlos y yo no sé aquello, porque hay cosas que no te las puedes creer, el caso es que los cerdos aquel día se tiraron a la cuadra y no comieron más. Yo no sé quien fue el que le dijo a mi mujer que había una bruja de esas, allá le fue a la bruja a llevarle los pelos de los cerdos, y yo le dije, quítate para allá, non vayas allá que los cerdos están malos, pusieronse malos. Y dijo: pues voy a ir allá. Ya te digo yo que a mí esas cosas me cuestan creerlas. Tu quieres ver que fueron allá y cuando vinieron me dice: ¿fuiste a ver a los cerdos? Dije, no. Que carajo voy a ir. Fue ella a verlos y cuando vino me dijo: vete a verlos. ¿Quieres ver que los cerdos estaban comiendo como si nada hubiera pasado? ¡Que no me levante de esta silla si no fue verdad!”

En el Centro de Viveiro también surgió una conversación muy interesante en torno al tema del mal de ojo. Regina, la veterana del grupo, nos explica algo que le pasó cuando estaba junto a unos vecinos recolectando patatas con la ayuda de unas vacas y un arado. Carmen, a raíz de esta vivencia, también relata algo que le aconteció. Aquí vemos un ejemplo claro de cómo ante un hecho que escapa a la razón, se le atribuye una causa mágica que requiere aceptar la existencia del mal de ojo y de las “meigas”. Si la causa es del todo irracional también lo es la forma de devolver a su camino a las reses. De nuevo, un recuerdo destapa otro, y el tema de los orines hace recordar otras supersticiones, esta vez en relación a los pescadores, que encuentro ciertamente interesantes. No dejéis de escuchar el audio, no tiene desperdicio:

Regina (Orol, 1925):”En iso tamén hai verdade ¿eh? O mal de ollo é verdade porque eu o vin. Estabamos una vez collendo as patacas co arado e as vacas. E aquela persoa que pasou cerca de onde estabamos nosoutros, que tamén din que si esa persoa que botaba o mal de ollo di: ¡Dios guarde todo!, que era a costume que había cando se estaba traballando, din que no pasaba nada. Pero ela non dixo nada. Pasou e quedouse mirando, porque ademais, aquela persoa tiña costume, érache una muller nova. Isto foi tan certo e se non aínda hai máis vivos e o meu home tamén o veu. Porque o que non ve non cree, iso xa o sei. Pois aquela señora quedouse mirando por encima dun muro, así un pedaciño. Era veciña nosa. E dicíamos: bueno, esta señora non nos gusta nada aí. Chegamos co rego ao cadullo e os demais viñamos recollendo as patacas. Cando viraron as vacas para o outro lado, dime tu como facía unha vaca por encima do arado cos pes de detrás hasta medio corpo. Non había quen a fixera volver ao seu. E podía volverse se quixera. Empuxaban por ela, pero tiña aquela cousa que non quería. Había que sacar o arado do xugo e entonces volver a tirar para atrás para que a vaca se puxera ben. Volven a poñer, un pouquiño mais adiante volve. Non había forma e mira que había homes que empuxaban pero nada. Entonces, o que estaba arando, o dono das vacas, dixéronlle, mira, non hai nada que facerlle, vamos parar un pouquiño e orinas pola vaca. Oes, paramos un pouquiño, o outro orinou pola vaca e toda a tarde recollemos as patacas e non volveu a pasar cousa.”

Las “meigas” fueron mujeres diferentes y excéntricas que, por hacer lo que no hacía nadie, se ganaron la desafortunada etiqueta que las mantuvo aisladas y rechazadas. Como escuchamos en el audio, la gente era capaz de dar rodeos por no pasar por delante de sus casas y si se las encontraban en eventos públicos, como por ejemplo, la misa, nadie se quería sentar junto a ellas y evitaban toda interacción. Está claro que estas pobres incomprendidas tuvieron que sufrir bastantes injusticias sociales y padecieron, con toda seguridad, la soledad más amarga. Quedaron solas, como así describe la canción popular dedicada a la que es, quizás, la bruja más famosa de Galicia: María Soliña. Muchos grupos musicales han versionado el poema de Celso Emilio Ferreiro en Longa noite de pedra, la versión de Carlos Núñez es quizás una de mis preferidas:

Un comentario en “Mal de ojo

  1. Pingback: “A cada cerdo le llega su San Martín” – MEMOGA

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